Il Misterio de Musto

Por Sergio Mercurio, Para EL BANFILEÑO clandestino

El sobre

El sobre estaba en el piso cuando abrimos la puerta. Era de papel madera, en el dorso con fibrón gritaba “Para el Banfileño”. Tamaño A4. Parecía no tener mucho adentro. Lo abrimos esperando encontrar una carta, pero había una foto. Solo una foto. Muy vieja. Un cactus y un nene. Primero nos hicimos algunas preguntas, y nada más. El sobre quedó en una pila de papeles y desapareció del presente hasta hace un rato.

La puya Raimondi

Hay personas que jamás la verán florecer. No es una cuestión de recursos económicos, para hacerlo se necesita vivir mucho tiempo.

La casa quedaba cruzada con la cárcel de San Pedro, a media cuadra de la plaza, en pleno Sopocachi, barrio noble de La Paz. A eso de las 7, cuando la noche ya estaba instalada, el ruido del portón no cesó hasta que llegaron los 23. Si algo los identificaba era que tenían edades diferentes. Había dos hermanos mellizos de 18 años. Todo fue informal hasta que el “chullo” Mamani se sentó en el sillón grande y dijo “siempre escondida”. Después hizo un silencio que hubiera sido eterno en otros países, en Bolivia fue largo pero normal.

El “chullo” Mamani, tenía 112 años, y aunque no lo dijera todos sabían que si el milagro sucedía, iba a ser el único hombre sobre la tierra que la vería por segunda vez.

Las preguntas se acompañaron con acullicos de coca, zingani y cigarrillos, todos preguntaron y escucharon al viejo Mamani, decir cómo era.

Aquella reunión en la que fui un convidado de piedra, consistía en organizar el viaje al cerro Comanche para ver lo que ese grupo denominaba el evento del siglo. Después de gotear el piso con agua de zingani, un hombre de mediana edad, que supe después era un reconocido Juez, conminó a los presentes a dar un paso al frente. Algo me detuvo. Dos minutos después, y ya fuera del grupo, vi entrar los cofres. Se inició una ceremonia donde sobre el humo y el alcohol se dijeron cosas en aymara. Pude entender que los 5 cofres contenían las cenizas de hombres que fueron incapaces de vivir para ver la demostración más efímera de belleza del mundo. Aquellos 5 ausentes no habían sobrevivido al tiempo para ver la puya Raymondi, la planta más exótica de la tierra.

La única flor sobre el orbe que tarda en florecer, apenas 100 años.

El grupo se dividió en dos y sobre una mesa desplegaron un lienzo donde un muchacho de lentes especificó, en un mapa geofísico, los lugares donde la puya se encontraba. Era setiembre de 1995, la última inflorescencia había sucedido en enero de 1898. Casi cien años. El desdentad Mamani estiro su boca a la sonrisa y afirmó que tal belleza era indescriptible y si había vivido hasta los 112 años, era para repetir el gesto de volver a verla por fin retirarse del mundo.

Cuando dijo eso, miré a los mellizos, ví en ojos la emoción de escuchar algo inaudito.

Yo había permanecido casi toda la reunión en silencio y no me atrevía a preguntar, por miedo a indagar sobre algo demasiado evidente. En el año 95 las distancias entre los países de América Latina eran infinitas, confirmar cualquier rumor implicaba sumergirse en bibliotecas por tiempos infinitos y con la incertidumbre de no saber bien como buscar. No hubo manera de saber si de lo que hablaban formaba parte de una mitología imprecisa o si acariciaba al menos algo de verdad. 20 años después tipeo puya Raimondi, bastan dos palabras para que el internet me golpee infinidad de páginas, por ejemplo esta:

http://www.andes.missouri.edu/andes/Jauja/Titanca.htm

La puya Raimondi es un cactus pariente de la piña, solo crece a más de 4000 metros de altura y es un cactus que puede llegar a medir 14 metros, florece cada 80 a 100 años, la inflorescencia es diversa, indescriptiblemente bella, florece, deja caer sus semillas y muere. Muy pocos seres humanos la han visto. No puedo dar fe, si los 23 que allí se reunieron la vieron, tampoco sé si cargaron las cenizas de sus camaradas con ellos. Yo no fui, 20 años después miro las páginas de internet y digo “era verdad, lo que hablaban era cierto, existía y me lo perdí. No advertí donde estaba, con quien estaba, no podré volver a verla, debería vivir 80 años más. Es demasiado”.

Antes de irse en fila, el “chullo” Mamani, se me acercó y me preguntó, ¿no tiene ni siquiera curiosidad de ir? Yo lamento decir que fui un imbécil y que le respondí con un monosílabo. Mirándolo a los ojos le dije que no.

El viejo me sonrió, y me dijo, “la naturaleza se expresa con grandes espacios de silencio. No siempre cuando habla estamos dispuestos a escucharla. La primera vez que ví la puya fue sin querer, estuve ahí por razones amorosas, quería huir de mis sentimientos y subí el cerro con un grupo de extranjeros. Se tornó importante con el tiempo. Ahora que yo he vivido más de 100 años, puedo dimensionar el tiempo que tarda la puya para mostrarse bella. ¿Usted entiende que por más de 90 años hay seres que pasan por ella y no la ven? Es como si estuviera invisible. La flor. La flor está invisible, es una flor clandestina. Yo sonreí sin decir nada y me choqué con los dos mellizos que salían.

Vicente Musto

Solo salía de noche.

Años atrás vivía en esa casa una mujer hosca y vieja. ¿Era su mujer o su hija? Calle Quintana, a media cuadra de Peña. Banfield Este. En los años 70 la casa rompió con el espíritu del barrio. Era una casa escondida. Y sigue siéndolo aún hoy. ¿Fue esa la casa de un alquimista? ¿Qué significaban sus animales embalsamados? ¿Cómo es posible que una persona cuyo nombre es uno de más citados en los círculos místicos de medio oriente, investigado en Italia y Suiza, y que vivió en Banfield, es, hasta hoy, absolutamente desconocido en la ciudad? A medida que el tiempo pasa el misterio de Musto se agranda. Las páginas que lo citan se abren y se cierran en cuestión de meses.

Hoy apenas se encuentra una en italiano:

http://www.alessandrogori.info/internazionale/latinoamerica/il-mistero-di-vicente-musto/

A los 11 años llegó a sus manos el libro “Il Milione” de Marco Polo, lo leyó, dejó su casa y pocas posesiones y se embarcó como grumete en un barco …

…En 2004, alguien empieza a juntar las piezas de un mosaico todavía en fase de reconstrucción. Se cree que Musto ha escrito siete libros, el que se encontró en Llallagua (Bolivia), otro descubierto recientemente por un investigador de la migración africana en las Américas, que ha encontrado el manuscrito en una comunidad garífuna en Belice, genera muchas dudas porque parece ser actual. Todos tienen un grafismo persa en la cubierta. Se hizo una investigación sobre la imagen y ese elemento comenzó a reconstruir las primeras piezas de su historia: los 4 libros cuadernos encontrados se parecen, incluyendo a uno de un suburbio de Buenos Aires, denominado Banfield, muy similar al que se encuentra en la iglesia de Iquitos (Perú). En los cuadernos, historias de viaje se mezclan con grandes cuadros sinópticos de principios de las descripciones de procesos químicos; ahora se especula en cambio, que es un lenguaje criptográfico en el que podemos reconocer que es la composición de un brebaje que podría  prolongar la vida, esto último tiene grafismos persas y egipcios. Este aspecto de su vida que instiga: Musto parece encontrarse al mismo tiempo en diferentes lugares, y es curiosa su longevidad, puede haber vivido cerca de 140 años. 

Vicente Musto sigue siendo un misterio. De hecho la última frase que se le atribuye es “Estoy a punto de volverme invisible.”

Diez años atrás había varias páginas que hablaban del italiano errante y hasta había una entrada en wikipedia que fue dada de baja, donde se hablaba de un “brujo en Banfield”. Hoy en día el único sitio que da cuenta de la existencia de Vicente Musto es la del escritor, viajero y cronista italiano, Alessandro Gori, el post data del año 2012.

Según un murmullo, la masonería de Banfield guarda el cuaderno que escribió y que estuvo durante un tiempo incierto en el museo americanista de Lomas de Zamora.

En Banfield nadie lo conoce, nombrarlo es en vano, el genovés pasó clandestino, diez o veinte años. Pero se sabe que tuvo relaciones con Guillermo Magrasi. Salía en las noches de su casa de Barrio Nuevo, y volvía antes que la luz traiga el movimiento. A fines de los 60 uno de sus cuadernos fue a dar al museo americanista, pero desapareció entre todas las cosas que desaparecieron en el municipio cuando Guillermo Magrasi fue hecho a un lado. ¿Lo tiene la masonería? No se sabe a ciencia cierta, hasta hoy, qué cosa hizo Vicente Musto, tampoco se sabe cuántos años vivió, qué cosa reveló, quien realmente era. El legado de Musto es indescifrable y aún nadie ha conseguido juntarlo. El único cuaderno escrito en español y rescatado es el cuaderno de Llallagua, una ciudad minera pujante en la Bolivia del 30, luego un pueblo desierto y nuevamente en crecimiento. El cuaderno se encuentra hasta hoy en la biblioteca del museo Tambo Quirquincho de ciudad de La Paz. En ese cuaderno hay una foto.

En internet hay rastros que aparecen y desaparecen. Musto, estudió ciencias ocultas en Irán, Turquía o Kasajastán. Ciertos secretos de la cabala le fueron develados. Conoció más de la cuenta, descubrió más de la cuenta y práctico más de la cuenta. Tomó la mala decisión de querer dar a conocer lo oculto. Tuvo que huir. Al parecer vino a  la Argentina porque se carteaba con Roberto Arlt a quien había conocido en Argelia por motivos totalmente desconocidos y tal vez fortuitos. ¿Por qué fue a parar a Banfield? nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que uno de los cuadernos que dejó llevaba el título “El cuaderno de Banfield”. Nos cabe una pregunta ¿Cuál de los 7 locos es Musto?

Vicente Musto, pasó clandestino en Banfield, en una casa que, al parecer, él mismo construyó y que aún se encuentra en el barrio nuevo. Ahora viene la leyenda Musto dio a conocer cosas por las que lo sentenciaron a muerte. Mientras se escondía iba creando piezas de un reompecabezas místico. Quería hacerse invisible, para escapar de sus captores. ¿Lo logró?¿Está aún invisible Musto entre nosotros? Y si lo está ¿estas letras lo han develado?

LOS TRES

Podemos arriesgar que la única fotografía que existe de Vicente Musto, es la aquí publicada. La foto del italiano junto a un cactus de unos diez metros de altura, le hace parecer a un liliputiense, ni siquiera los creadores de “Juego de Tronos” han sido capaces de crear semejante insensatez. Ningún ser humano parece ser tan pequeño, al lado de un cactus en flor. Las razones son concretas, ningún cactus es tan alto y muy pocas personas, sin ser enanas, pueden ser tan bajas. El hecho es que los datos no ofrecen dudas: Hemos girado la foto que estaba en el sobre que fue entregada a “EL BANFILEÑO”. En el dorso, en manuscrito, está la letra V y a continuación se lee Musto. Si bien más abajo se lee 1/98, se descartó el año 1998, porque la puya floreció 3 años antes y además porque la ropa y la calidad de la misma hace presuponer que no es del 1995, última vez que la puya floreció. En ese entonces las fotos eran a colores y la ropa del sujeto no concuerda con la época. Para eliminar las dudas, la misma foto existe en el museo Tambo Quirquincho de la ciudad de la Paz desde el año 80, entonces no hay más dudas. La foto es de 1898, finales del siglo 19. Y retrata a Vicente Musto, el Banfileño clandestino junto a la puya Raimondi.

 

Vicente Musto y la puya raimondi -2