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3 de diciembre de 2017
¿Qué haría yo si fuera un ángel?
Quien todos los días, en nuestra sociedad, es un Otro, se vuelve protagonista de una aventura épica donde lo cotidiano y lo sagrado (concepto en constante cambio) se entrecruzan, debaten y se modifican.

El Eze es un osito de peluche con garras. Portador de bondad. Activador de la alegría. Alguien que exige imágenes, no palabras. Las palabras lo cansan. ¿Podes ver lo que escribo?

¿Qué haría yo si fuera un ángel?

¿Quién documenta la vida de las personas comunes?

¿Qué llevarías dentro de la valija en el viaje hacia la eternidad?

“Nace una flor, todos los días sale el sol, de vez en cuando escuchas aquella voz, cómo de pan…”

Cada vez que recuerdo o comento un fragmento de la obra, mi sonrisa vuelve a manifestar la duda que me provocó. Una duda concreta.

Si la ternura fuera un bisturí, la marca sería Callaci-Mercurio.

Te vas con deseos de conocer a esos personajes entrañables. Y no es imposible. Sólo hay que sentir a quien está ahí.

Por Nicolai Maurovich

 

Severo Callaci hace “El ángel de la valija” en el Cultural de Abajo con dirección de Sergio Mercurio.

00:00 hs – Domingo 19 de Noviembre de 2017

¿Quién es Ezequiel Sanguinetti? Un hombre común, de la calle, que cuida autos, tiene novia y madre, y amigos de la vida. Pero en un punto es un ser especial porque debe atender a una extraña invitación: trabajar de ángel. Sin embargo no todo es alitas y nubes debido a que el joven en cuestión no hará nada sin la valija que lleva consigo a todas partes. Con ese argumento, diez personajes interpretados por el mismo actor, Severo Callaci, sólo tres objetos de manipulación (una valija, un pañuelo y un palo), profunda, emotiva y de lenta digestión, se presenta en el Cultural de Abajo la obra “El ángel de la valija” con dirección del titiritero bonaerense Sergio Mercurio.

En realidad, la obra es un arduo y largo intercambio entre el actor y el director durante siete años, capeando los inconvenientes de la distancia entre Rosario y el partido de Banfield en la provincia de Buenos Aires.

Es más, se trata del primer trabajo de Callaci en solitario, una rareza para este actor que tiene sobre sus espaldas más de 20 años de escenarios y docencia, y que fuera conocido por su último protagónico en “La canción del camino viejo” dirigido por Miguel Franchi.

Psicología. “El ángel de la valija” es un devenir de actos en continuo donde se van deshojando los personajes en medio de una penumbra que ayuda a la magia del teatro. Es allí donde Callaci expone su álbum de sujetos, en su mayoría de baja posición social, con un trabajo de gran valor antropológico, ya que ante la (elegida) imposibilidad de apoyarse en las vestimentas, todo se resume a los gestos y dicciones, y a la psicología e ideología de cada una de esas personas. Ese a lo mejor sea uno de los puntos altos de la puesta en relación a la “salida y entrada” de cada uno de ellos con sólo un apagón de luces.

Es en esos momentos cuando el unipersonal va tomando vuelo y llega hasta el cielo. Pocas veces en forma trágica y muchas otras con humor, la trama va envolviendo a la platea en una atmósfera interesante, con una sólida y hasta inocente intencionalidad metafísica, alejada de la denuncia social y de los clichés de la pobreza y la exclusión.

Inspiración. Aunque más allá de la representación en sí misma, “El ángel de la valija” propone, a través de la explícita invitación de su intérprete, una “experiencia colectiva”, esto es, una vivencia en común que trascienda el teatro y lleve a todos, a los de un lado y del otro del proscenio, a un intercambio de sensaciones y sentimientos, a un ida y vuelta propio del aquí y ahora de la obra.

Con todo, “El ángel de la valija” es una reflexión acerca de la dicotomía (si fuera tal) entre el apego (a las cosas o a los afectos) y la libertad (de prescindir de ellos), como si fuese tan fácil elegir, sobre todo cuando en el corazón (quizás metaforizada por la valija roja del título) se atesoran los recuerdos y aquellas grandes minucias que finalmente construyen la identidad.

Porque, como dice Baruch Spinoza, filósofo holandés del siglo XVII, “uno es todas las cosas”, frase que inspiró el texto y que Callaci lleva al límite con su decena de personajes, con su proverbial capacidad para observar e imitar a las personas, y con una humildad, expresividad y entrega a veces faltante en el Pago de los Arroyos. Así, casi como un juego infantil, en el que no hay fines utilitarios ni tiempos ni lugares determinados, “El ángel de la valija” conmueve e invita a impregnar a la realidad de nuestro propio pasado, presente y futuro, de la mano de aquellos que han pasado, pasan y pasarán por nuestras vidas. Ya que, aunque no querramos, todos estamos hechos de todos.

 

Amigos desde jóvenes y unidos en la pasión deportiva por Banfield, el abogado Sergio Smietmialsky y el titiritero Sergio Mercurio reflejaron en una película la singular historia del futbolista fallecido hace 11 años en un accidente.

Lejos de las luminarias, los negocios y la exposición mediática, el fútbol es esencialmente una pasión que genera amistades e identidades. Como la que vinculó desde jóvenes a Sergio “Chenco” Smietmialsky, abogado laboral en lo civil y comercial, – vinculado además a la lucha de organismos de derechos humanos- con su tocayo Sergio Mercurio, un titiritero por adopción, escritor, viajero incansable, y amante de las expresiones artísticas y del compromiso social. Ambos casados, con hijos, Mercurio le lleva a su amigo sólo cuatro años (49 contra 45) y se conocieron merced al hermano del primero.

Los dos nacieron en la zona sur, en los difusos límites entre Banfield, Lomas y Lanús, pero confluyeron en su pasión futbolera con los colores albiverdes de Banfield, una de las entidades de mayor arraigo en esa zona del Conurbano.

Asistentes de incontables partidos al estadio Florencio Sola, ambos explican cómo fue de a poco, que pudieron confluir en el proyecto de gestar una película sobre uno de los ídolos del Taladro, el recordado José Luis “Garrafa” Sánchez, que luego de jugar en Laferrere, El Porvenir y Bella Vista (de Uruguay) vistió durante cinco años la casaca verdiblanca, logrando hitos como el ascenso a la primera división y su participación en la Copa Libertadores.

En tanto, Chenco explica cómo surgió la idea del film: “Sergio ya tenía otra película hecha sobre una artista brasileña, y algunos cortos. Con él nos conocíamos desde adolescentes, y siempre le decía que íbamos a hacer algo juntos, aunque yo de arte poco y nada, apenas sabía tocar la armónica, y lo acompañé en algunos shows musicales que él preparó, y hasta tocamos en varias cárceles”. Recuerda que “cuando Banfield sale campeón y sube a primera, nos llama un amigo y nos invita a un asado, donde fueron algunos jugadores, entre ellos José Luis, y se pone a jugar con nosotros. Fue el primer contacto que tuvimos, y nos dimos cuenta cómo era: un artista de la pelota, un tipo sencillo, de barrio, que amaba lo suyo por más que jugara en primera. Y cómo jugaba, era un habilidoso de aquellos”.

Por eso, cuando en enero de 2006 Garrafa muere en un insólito accidente a los 31 años haciendo piruetas con su moto Chenco tuvo una idea muy fuerte. “Yo había visto la película sobre Luca Prodan y me gustó mucho con qué respeto lo recordaron, y pensé, ¿por qué no hacer algo similar con Garrafa?”.

Se lo comentó a Sergio Mercurio, quien pensó que la empresa sería difícil. “Pensé que no se podía hacer, porque las imágenes eran de TyC Sports, y eran difíciles de conseguir. Pero él me alentó a intentarlo y me aseguró que se ocupaba”. Finalmente, tras intensas gestiones, Chenco, productor del film, logró que el canal les cediera las imágenes que tenía, y les dijeron que era la primera vez que lo hacían, y se reservaban la difusión en videocable a nivel internacional. El film se fue haciendo de a poco, bancado por los dos amigos y algunos allegados, y Mercurio decidió un título sugestivo: “Garrafa. Una película de fulbo”.

Sergio explica que “el film está contado desde el punto de vista de la pelota, y lo de fulbo es porque ellos le decían así, el fulbo es el potrero, el pueblo, la gambeta, la parte más lírica, la relación con la pelota que tenía José Luis. Hay imágenes de distintas épocas, partidos y goles de Garrafa, testimonios de la madre, los amigos, compañeros de equipo, y vecinos, pero sobre todo el espíritu fue reflejar el recuerdo de quienes lo quisieron y lo trataron”.

Ídolo en los tres clubes que jugó

Nacido en la ciudad bonaerense de Laferrere, José Luis Sánchez se crió entre los potreros de su barrio y la ayuda que le daba a su viejo repartiendo garrafas de gas comprimido, labor que le valió el apodo con el que se hizo conocido. Su innata habilidad y buen trato con la pelota hizo que se incorporara a las inferiores de Racing. Pero su debut en primera lo hizo en su querido Laferrere, justo en un clásico frente a Almirante Brown, una tarde de 1993.

Hacia 1997, Garrafa fue parte del plantel de El Porvenir, que logró el ascenso al Nacional B. Cuentan que al dar la vuelta se sacó la camiseta y abajo estaba la verde de “Lafe”. Tras una breve incursión en Uruguay, donde jugó en Bella Vista, retornó por una grave enfermedad de su padre.

Pero fue entre 2000 y 2005 que Garrafa se consagró en Banfield, integrando un gran equipo que un año después subió a primera, y hasta se dio el gusto de jugar la Copa Libertadores con el Taladro. Hasta que el corazón lo hizo volver a Laferrere, donde jugaba cuando sobrevino la desgracia que lo convirtió en leyenda.

 

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    Severo Callaci, de la mano del director Sergio Mercurio, aborda un material poético y doloroso
  • , haciendo equilibrio entre el humor y el acontecimiento político.

Adónde se guardan los fragmentos estallados de la memoria, cuál es el destino de los recuerdos de un “derrotado” que puja por erguirse, qué puede hacer un hombre frente al abismo y la muerte más que entregarse, y ya frente a eso, cuál es ese pequeño lugar de resistencia que le queda a los “desclasados”; cuál, en definitiva, es el destino de aquellos que parecen no tenerlo.

Los personajes que habitan los universos creativos del actor, director y docente teatral rosarino Severo Callaci, sin lugar a dudas uno de los más talentosos de su generación, encontraron el caldo de cultivo más fértil de su recorrido en la mirada de Sergio Mercurio, conocido como el Titiritero de Banfield.

Un largo proceso que comenzó hace más de una década, terminó con el estreno de El ángel de la valija, uno de esos espectáculos que sin exagerar dejan huella en la memoria por su coherencia entre ética y estética, por sus singularidades en términos poéticos, pero sobre todo, por su inusual modo de transitar un mundo bello y al mismo tiempo doloroso, haciendo equilibrio con cierta nostalgia que se cuela entre el humor y el acontecimiento político deliberadamente corrido del panfleto.

Callaci, conocido en el ámbito teatral por su particular manera de concebir los lenguajes escénicos, una instancia que lo acerca a las mejores experiencias del teatro antropológico y donde se filtran sus tránsitos con grandes maestros como Miguel Franchi, Pompeyo Audivert, Cesar Brie, Aldo El-Jatib y el propio Mercurio, entre otros, disecciona y exhuma un único personaje que se esgrime como una especie de sobreviviente de estos tiempos (incluso más allá de la muerte), en el que conviven, a partir de la lógica que indica que “todos somos uno”, un puñado de otros seres que están pregnados por la historia de Ezequiel Sanguinetti, un cuidacoches de un barrio de Rosario con destino de ángel.

El actor recrea (y fusiona) en escena diez personajes que, cada uno a su debido tiempo, llega, parte o regresa para contar una historia “entre el cielo y la tierra, el apego y la libertad”.

Es así como la simpleza de un personaje común se engrandece en su devenir narrativo: dueño de una serie de recursos que van desde una inusual predisposición desde lo morfológico, a un no menos infrecuente manejo de la voz, pasando por estrategias ligadas al clown y al mimo, además de un notable manejo de los objetos en escena (la valija en cuestión es un personaje más), Callaci juega con su conocida capacidad para desdoblarse casi al límite de lo esquizofrénico, logrando mantener el perfil de los personajes en el registro que cada uno requiere y en sus correspondientes “resonadores”, por momentos, casi ancestrales.

En su viaje, El Ángel que aborda Callaci, se resiste a despojarse de todo en la partida final; pero sobre todo, se resiste a dejar su valija. Esa es la excusa para que el inocente y pueril Ezequiel, que necesita “ver para creer y entender”, preste su cuerpo a su tía, a sus vecinos, a la que cree que es su novia, pero sobre todo, vaya más a fondo con la idea de desdoblamiento: conviven en él, como en todos los seres humanos, el bien y el mal; la tragedia cotidiana mezclada con otra más clásica y milenaria. El personaje, que no reniega de su condimento político pero que no lo juega desde lo panfletario, exhibe esa lógica binaria que condiciona a la humanidad en el mundo contemporáneo.

Hay también en el montaje algunos destellos de un cine, el de los 60, que marcó un camino, una forma narrativa y poética, donde parecieran escurrirse en el presente, metaforizadas, las voces de los personajes de Fernando Birri en Tire dié, o los del inolvidable Leonardo Favio en Crónica de un niño solo, que el actor pone en escena generando una profunda conmoción.

No hay una pretensión desmedida: por el contrario, todo el montaje refleja una deliberada confianza en el oficio de un actor que sabe contar, que es dueño de las herramientas porque las vuelve orgánicas (las irá potenciando con el correr de las funciones), apenas sostenido por la luz y la atinadísima partitura musical especialmente compuesta por Marcelo Torrone.

También hay otros mundos, los de Baruch Spinoza, los de Borges y su alter ego en escena. Los de un Dios todopoderoso, los del Diablo que se mofa y entre ambos le “susurran cosas a su espalda”. También están allí los mundos de los que miran con recelo a este ángel que como un Ulises de la calle se enfrenta a su viaje atravesado por el miedo y una tierna valentía, a pesar de, como tantos otros, no ser, no pertenecer, desconocer, no saber, no estar, no poder preguntar, no ser escuchado, no poder volver, no saber dónde está.

 
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