Buscando a mi tatarabuelo II

Acá está el acta. Tuviste suerte, me dice la mujer del registro civil , esto no se encuentra fácilmente, a veces hay que buscar mucho y no se encuentra nada, pero acá está era verdad que se casaron en Laurito, pero él no vivía en Laurito. Mercuri no es un apellido de Laurito no hay ninguno. Cuando Setimio Mercuri se caso el vivía en San Mauro La Bruca.

Hay una emoción que empieza a brotarme, estoy empezando a desenredar una madeja que no sé donde irá a parar. La imagen de mi tatarabuelo se ha ido formando y deformando de distintas maneras desde que vi el puerto de Nápoles. Miles de historias junto con un comentario que mi padre dijo que creía que se habían separado y por eso nadie sabía nada. El día que yo vi el puerto de Nápoles empezó en mi cuerpo un viaje, un viaje que empezó a desarticular esos comentarios junto con otro de un viejo italiano que encontramos una vez en la calle con mi abuelo, cuando yo era muy chico. El viejo, estaba hablando con mi abuelo, entonces mi abuelo se enojó por algo y le habló fuerte, entonces el tipo le dijo, al final sos igual que tus parientes, los Mercurio de Nápoles son todos de la camorra. Mi abuelo, le dijo que sí, que era igual a los de la Camorra de Nápoles y que él era igual que los boludos de Banfield. Cuando subimos al auto, le pregunté si sabía algo de lo que el tipo le había dicho, el abuelo me dijo algo que ya me venía diciendo hace tiempo, M´hijo, usted tiene que siempre tener cuidado de esta gente, esta gente sostiene el mundo mientras nosotros queremos mejorarlo, el mundo y sobre todo este país, un país tan rico, está lleno de boludos.

La mujer tiene un libro inmenso de color marrón en las manos, lo apoya sobre el balconcito del anágrafe y me deja que lea. Yo no encuentro los anteojos en ningún lado. El acta del mil ochocientos y pico, dice que mi abuelo no ha nacido en San Mauro, mi tatarabuelo ha nacido en Fermo. Dónde es Fermo, le pregunto a Fiore que se ha hecho hacia atrás mientras estira la boca hacia adelante, abre los brazos, y me dice que después me explica. Era marchesiano. Se vino del norte.

Cuando me dice que se casó a los 46 años, vienen a mi mente más interrogantes aún. La mujer me pregunta si quiero la transcripción y le digo que sí, entonces me dice que solo puede estar a la mañana siguiente porque va a cerrar, pero que a las 8 de la mañana va a estar lista.

Yo estoy parado en la puerta de la municipalidad mirando Laurito, enfrente hay 8 viejos sentados en la puerta del bar azurro, jugando a las cartas y gritando. la calle empedrada atraviesa las 5 cuadras de Laurito. atrás de la municipalidad un paisaje inmenso se conforma en valle, montaña y mar. No hace calor.  Fiore se para al lado mío y me dice, hay un dicho muy antiguo para hablar de los marchesiano, “ mas vale tener un muerto en la casa que un marchesiano en la puerta” Los marchesiano, se dedicaban a cobrar impuestos. Ahora, hermano, anda a saber que vino a hacer tu tatarabuelo acá, en el 1880. No lo sé digo, pero antes sabía menos. Antes mi imaginación iba de los lugares más absurdos, románticos o peligrosos, hasta el delirio, ahora mi abuelo es alguien más real. Volví a entrar y le pregunté a la mujer como se llamaba. Esperanza, me dijo. Entonces me reí por primera vez y le dije usted es mi esperanza de que encuentre a mi tatarabuelo.

Buscando a mi tatarabuelo

Cierro los ojos, respiro y sucede. Estoy viendo pasar a una velocidad vertiginosa ojos que son al parecer un poco viejos, que hacen un parpadeo y ya son otros. Como no lo puedo detener y me entretiene, permanezco con los ojos cerrados viendo el desfile de ojos donde de pronto creo ver ojos simultáneamente cansados hasta que para mi sorpresa, encuentro en el desfile el ojo de mi padre. ¿Lo he inventado? ¿Tengo esa capacidad? ¿Puedo con mi imaginación reproducir los ojos de mis hijas? Quiero hacerlo pero el desfile no cesa. Quiero que aparezcan los ojos de mi mujer. Los conozco, quiero que aparezcan para sentirme amado. Los ojos de mi mujer no pasan, tampoco los de mis hijas,pero ha vuelto el ojo de mi padre y me ha venido una pregunta ¿Y si estos ojos no son imaginarios?¿Si en realidad son ojos que han existido?¿Y si en realidad, uno de estos es el ojo, la mirada de mi tatarabuelo?¿Por qué no? Nadie sabe lo que puede un pensamiento, lo que puede un hombre. Continúo respirando¿Qué misterios habrá aun dentro de mí mismo? ¿Cuántas señales habrán pasado atómicamente por la sangre? No lo sé, siguen pasando los ojos, no voy a decidir nada, uno de estos , es el ojo de mi tatarabuelo y está parpadeando, cada parpadeo es una señal inequívoca, es en clave, es morse. Me está diciendo algo. Sabe que lo estoy buscando.

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Noticias de Italia IX

Captura de pantalla 2018-07-14 a las 1.59.42 p.m.Hace más de veinte años, vi la película Sostiene Pereira, basada en la obra de Antonio Tabucchi. Me emocionó la historia simple de un viejo redactor de la página cultural de un diario de la tarde de Lisboa a mediados del 1900. El actor, era Marcelo Mastroianni, alguien que ya había disfrutado en algunos memorables papeles.  Sostiene Pereira fue la primer película que me hizo percibir que detrás del cine estaba la literatura. Percibí un libro que deseaba leer.  Años más tarde estaba abrazado a una chica en un tren cuando le confesé que me gustaría leer Sostiene Pereira, pero en italiano. Cómo todas las cosas están hechas también de magia, ambos nos reímos cuando vimos que el muchacho que estaba sentado enfrente leía Sostiene Pereira. En italiano. El año pasado llegué a Italia con un único objetivo, comprar Sostiene Pereira. Lo encontré en una librería de usados en Nápoles y pagué algo así como 3 euros.  En ese entonces traté de leerlo pero no lograba pasar el primer párrafo. Hoy un año después, lo he terminado. Al cerrar la tapa y dejarlo en la mesa todavía lloraba sin consuelo, por la alegría que me había dado la grandeza de ese hombre ínfimo que es el personaje protagonista de la historia. Sostiene Pereira forma parte de los libros que me hubiera gustado escribir. Estos libros no pasan de seis. Si lo recuerdo la congoja toma mi pecho y mis ojos se inundan, no sé porqué o tal vez lo intuyó, creo que como Pereira también soy un ser ínfimo al que las circunstancias pueden llevar a hacer algo inusitado. Pereira forma parte de los otros yo a los que siempre retrato, y en este caso Tabucchi lo describe sin complacencia y es quizás por eso, por no analizarlo, por no justificarlo y solo por dejarlo ver tal cual es que siento que me enseña algo que no puedo aprender y que quisiera.