La despedida del titiritero

CONFESIONES¿Cómo hace uno para seguir caminando si el que te planta las utopías se despide? El Titiritero de Banfield dice chau porque sus personajes son de otro tiempo. Un adiós que nos mueve el piso.

 
domingo, 13 de octubre de 2019 · 00:08
 

Sergio Antezana

 

Sergio Mercurio es un titiritero de Banfield, pero no es El Titiritero de Banfield. En realidad Sergio Mercurio es un viajero que quiso dialogar con el mundo a través de los títeres. Salió de Argentina pensando llegar a México; como parte de esta ruta llegó a Sucre donde se integró al Teatro de Los Andes. Es ahí, en Yotala, donde surge formalmente la obra: El Titiritero de Banfield. Una de las tres obras que Mercurio dice que dejará de escenificar en adelante tras 25 años de gira. Las otras dos son: En camino y De Banfield a México. 

Fuimos a la última representación de El Titiritero de Banfield, en La Paz, este octubre. Al terminar la obra, mi hija me dice que los títeres son emociones, que Bobi es alegre y que Cacho es serio, que la Bruja Caca era feliz pero que el de negro (Sergio Mercurio) era triste. Nueve años tiene. El de negro habla a través de los personajes y esa es una de las razones por las que siente que debe dejarlos ir. Dice Mercurio que se despide porque esos personajes ya no existen más, son de otro tiempo; ya no hay bohemios como Cacho hablándole a su perro.

El viaje

Borges dice que en la literatura el viaje es una metáfora del cambio interno; las historias de viajeros nos permiten ver cómo va cambiando el personaje a lo largo de su viaje. Eso hace único al titiritero: convirtió esa metáfora en una forma de vida, decidió que el viaje era el camino y que la vida no era algo sin el viaje. Vi al titiritero por primera vez el año 1996 en un aula de la Universidad Católica. Me doy cuenta que así como él ha perdido el cabello, yo también he canado. Me acuerdo que salí lleno de la misma nostalgia que guardo hoy, pese a que era joven y no tenía de qué nostalgiar.

 

Mercurio dice que el titiritero es una obra, pero no lo es. Yo la vi más de una vez y no es la misma. ¿Qué es? Es una especie de disección, de viaje, es poesía, mezcla las cosas y hace imposible no pensar que la nostalgia es una forma de vida y entonces la vida termina siendo un camino, una forma de encontrarse. Eso pensábamos cuando éramos jóvenes como seguramente lo pensaba también él… y después te das cuenta que no, no hay tanto que encontrar, que todos esos cambios son la vida misma, que uno tiene que caminar para perderse y caminar para encontrarse. Que uno no está en un lugar esperándose sino que vivir es como comer: uno tiene que masticar para tragar una vida que llega en pedazos.

El fin de la Historia y el último Bobi

Mercurio dice que no hay gente como la que se representa en estas obras, que ya no existe un Bobi políticamente incorrecto que dice lo primero que le viene a la cabeza; Bobi le dice al titiritero que eso de poner nombre a los sapos es muy bonito, pero es una boludez. Bobi es un cínico que nos trae a la realidad mientras el titiritero nos saca de ella. Tampoco existe una bruja Caca para decir que dios es un boludo; quizá todo ha cambiado tanto que esa bruja tiene menos peso para un niño de hoy que la fuerza que tuvo para nosotros alguien escupiendo a dios hace 25 años.

La utopía era eso, ¿no? Esa idea inalcanzable que servía para andar. Pero entonces, ¿cómo hace uno para seguir caminando si el que te planta las utopías se despide? porque uno se acepta viejo, cansado, uno acepta que no cambió el mundo, que caminó a través del él y que fue cambiado por él; también es una forma de pensar que eso que te tenía caminando en realidad no te tuvo caminando, las quimeras al final son un ejercicio de vida; está muerto el que no se enamora, el que no ríe, el que no llora porque si la vida no sirve para eso, no se entiende entonces para qué sirve. Tiene que ser un tránsito, un devenir, hay gente que le quiere buscar sentido y el sentido de la vida es ése y después de eso no hay nada. Esa es la utopía del viejo: llegar a viejo y poder decir reí, lloré, cagué, me cagaron, me hicieron mierda, pero sigo acá, a pesar de todo, a pesar de tanto, sigo acá. 

 

Algunos de los presentes vimos al titiritero hace 25 años cuando él empezó este largo camino; fue también un camino para nosotros, una forma de saber que el tiempo pasó sin tener claro si somos los mismos o no: fue un reencuentro con nosotros mismos. Las obras despiden un ciclo para Mercurio, pero también son un signo de los tiempos: no es casual que haya cerrado el Bocaisapo, que esté cerrando el Almatroste, que el propio César Brie haya dejado el Teatro de Los Andes. Finalmente, el titiritero solo pudo crearse en Bolivia en los años noventa, porque era una época apta para soñar. Imposible que surja uno durante las dictaduras de los setenta ni durante el caos económico de los ochenta; creo que tampoco surgirá uno de la quema de 5 millones de hectáreas de bosque a título de progreso. 

Se va el titiritero pero no nos deja abandonados. Seguirá haciendo títeres. Serán otras obras, otros personajes. Se va con su nostalgia, su poesía, su cinismo, su tristeza. Lo veo cantando de vuelta: “yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui, vaya dios qué será divino, yo me muero como viví”. Lo veo llegando después de 25 años, sin cabello y poniendo nombre a los sapos que habitan en su barrio; quizá ya no sea una calle de tierra, pero quizá todavía haya sapos, y todavía se les pueda poner nombre aunque sea una boludez. ¡Qué mierda! Si no hay sapos, habrá que ponerle nombre a la basura aunque sea, a las cenizas aunque sea, pero nombrar las cosas para darles vida y dialogar con ellas como Mercurio dialoga con sus títeres y decirles que a veces despertamos en forma de inodoro y otras en forma de estrella. Chau titiritero.