Escritor, cineasta, actor, director, formador

El helado soñado

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Por Sergio Mercurio

Para la abuela Elvira

Por como me lo dijo fui.

No por lo que dijo.

Vos hubieras ido también.

Cualquiera hubiera ido por haber escuchado y oído, o por las diferencias entre esas dos.

Dejé lo que estaba haciendo; me subí en algo y fui. Al llegar vi que había dejado de llorar. En ese momento me di cuenta que tenía otra edad. Una edad que ignoro si habrá circunstancias que hagan que la recuerde así. Tal vez por estar escribiendo esto pueda volver a este momento y recordar que mamá estaba vieja.

Ella giró. La espalda se le metía en las piernas, fue yendo, despacio. Tenía poquito pelo. Gris. Me dijo que me saque el barbijo porque me iba a besar. Y me besó. Ahí entonces decidió que prefería contarme lo que me quería contar: al aire libre. Estoy soñando mucho. Recordó que yo le había contado del libro de Sidharta Ribeiro y sugerido unos ejercicios para poder volver a ciertos sueños y me dijo que este sueño era perfecto. Había soñado con sus padres, toda la noche. La edad que recuerdo a mis abuelos es aun menor a la edad que está en estos momentos mamá. No quise interrumpirla pidiéndole detalles, solo crucé mis brazos, estuve presente y ahí contó como era tan lindo estar con ellos, que la puso tan feliz verlos y conversar, que ellos estaban tan bien, que era hermosa la luz. Era hermosa la luz, dijo, y la luz se le fue a la ojos, como concordando. Me dijo varias veces eso de la hermosa luz. Contó que habían hecho un montón de cosas juntos y que finalmente no sé cual de los dos le dijo que era hora de ir al cementerio. Dice que fueron caminando y que todo era muy luminoso y que finalmente llegaron. Yo me imagine el cementerio de San Marcos Sierras que es chiquito lo cerca apenas un alambre y para entrar hay que mover un portón nomás. En el umbral mi abuela giró para pedirle un favor urgente, es que de pronto le había agarrado unas ganas terribles de tomar un helado. Vos me lo podés traer hija, le dijo, yo estoy un poco cansada, andá acá cerca nomás, tomá la plata. Mamá miró a su madre supongo que con los ojos que una hija mirara a su madre en cualquier tiempo y se limitó a asentir sabiendo que mi abuela quería que le traiga un helado de limón. Se acuerda mamá perfectamente que fue a la heladería, compró dos helados y fue volviéndo comiéndose el suyo hasta llegar al umbral del cementerio. Al llegar a la puerta del lugar de los muertos descubrió desconfiada que no había nadie. Se habían ido. Ni rastros de sus padres. ¡Habrían entrado? Pero si me pidió un helado, por qué se fue, pensó. Con lo que le gusta el helado y yo que le traje su sabor. Dudó en buscarla pero antes de pisar la entrada miró su mano y el helado había desaparecido. Por un instante pudo advertir la inconsistencia de la historia, si tenía un helado en la mano como podía haber desaparecido en un instante. Solo eso había cambiado, el paisaje no había mudado, estaba sola en la puerta del cementerio. Entonces fue ahí que me dijo lo que me había dicho al teléfono: mamá me salvó la vida. Mamá me alargó la vida. Entendés hijo, ellos me estaban acompañando a la muerte, pero mamá hizo eso, hizo trampa para que yo viviera más. Pidió un helado de limón para que yo no entre todavía. En este momento yo estoy teniendo un acceso de llanto, pero lo contengo, la vista se me nubla pero quiero escuchar lo que cuenta mamá porque además está hablando de mis abuelos Mamá me toma las dos manos a la vez como para sostenerse y poder llorar y contar tranquila. Me salvaron hijo, tus abuelos me salvaron de nuevo. Ayer a la noche fue mi hora y me vinieron a buscar ellos, para que no tenga miedo. Ir al cementerio fue hermoso. No tuve miedo porque iba con ellos. Pero al último momento. Ahí se le apaga la voz. Estoy tan emocionada que no lo puedo creer. Que cosa más linda fue estar con ellos.

Yo me quedo en silencio y el proceso comienza por dentro. Mamá saca un billete y me pide lo obvio para este momento. Voy caminando hasta la heladería llorando, es invierno por eso el cielo parece mas limpio; es hermosa la luz; compro un pote de medio kilo de limón y pido dos cucharitas. Al volver, mamá esta baldeando la vereda. Me ve llegar, saca la manguera de la vereda, nos sentamos, entonces en el tapial y comemos juntos helado de limón, totalmente en silencio y juntos: gracias a la abuela.

Se agradece compartir

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