Calor o Pirañas

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por Sergio Mercurio

a Clovis que me mandaba cds hermosos desde Suiza

Si nunca has tenido que elegir esto es porque que nunca fuiste a San Javier, en verano. El calor es Yo el Supremo (Sin Roa Bastos) y la opción es llegar a la playa del rio, solo que allí hay pirañas. La playita está llena de familias, y el río lleno de chicos. Algunos adultos duermen al costado de las damas (Juanas). Nando nos hizo advertir las marcas de ciertos  cuerpos con la piel carcomida y regenerada del mismo modo que se regenera en los quemados. Esas son las marcas que dejan las pirañas. Los borrachos entran sofocados y como no se mueven las pirañas los atacan. El secreto para que no te agarren es que te muevas, así no te muerden. Lo miré a mi hermano que se miró el cuerpo y debe haber calculado que no había nada para comer y se metió. Esperé ver la mancha de sangre crecer en el río y su último adiós. Al final aprendí que morir de calor es mucho peor. Lo que voy a contar no lo he confirmado, en mi memoria sé que uno de los que dormitaba a nuestro lado era Daniel Toro. A mi me me llamó la atención que estaba en short, tenía cara de indio, era exactamente igual a nosotros.  En cambio en el tocadiscos de mi casa Daniel Toro era un elegido. Hay un caset que de vez en cuando escucho. Para reirme.  Recuerda el tiempo en que mi papá estaba obsesionado en grabar a mi madre. Ahora que el tiempo me da otra perspectiva puedo entender alguna de las razones porque se habían, cierta vez, elegido vivir juntos y porque se habían separado. Mi papá admiraba como cantaba mi madre y quería que cante. Pero mi madre vivía eso como una presión. Como un examen. Se enojaba muy rápido. Todas las pruebas que hacían terminaban en pelea. Mi papá agarraba el grabador y la llamaba, la intención duraba 15 minutos, la pelea días. En el caset que hablo mi papá está probando que el grabador funcione, entonces pone en el tocadiscos a Daniel Toro cantando Palmeras.  En ese tema Daniel combina sus dotes, sabe cantar dulcemente pero también sabe largar su potente voz. No sé si lo tenés presente, pero si lo escuchas tal vez adviertas que Toro es una versión masculina de La negra.  Sabe cantar dulcemente y no le teme, sabe largar su voz y puede. Le deje fuera del radar cuando me fui de mi casa. Ahora que busco su historia me entero que murió unos días después que mi madre, hace dos años. La cosa es que mi papá trata de acompañar a Daniel Toro cantando el comienzo de esa canción. Es apenas una palabra. Hoy. Daniel Toro la encara y se luce, y transforma tres letras en pura emocion. Lo hace infinito. Para mi viejo era algo para emular entonces prende el grabador y larga el hoy con toda la voz que tiene pero ni siquiera se entiendo que dice hoy, parece que dice OH y el asunto es que desafina tanto que el oh se transforma en sorpresa, desespero, admiración y finalmente ahogo. Al escucharlo es muy difícil mantener la compostura y

no reírse. Aquí dejaré mi legado: En algún aspecto desafinar se parece a resbalarse. Causa gracia. Nadie quiere pasar verguenza. Nadie quiere resbalarse o desafinar. El más valiente se hace alfeñique. Mi hermano y yo fuimos destinados a causar gracia, quien se encargaba siempre de advertir que todos debían reírse de nosotros era mi tía. Pero como las familias permiten el descaro, la maldad pura y la venganza nosotros hasta hoy en día nos reímos del resbalón que la dejó hemipléjica. Volviendo a mi padre me parece lógico que el se haya lamentado que mi madre no tuvo la fuerza de los genes con nosotros. Sin embargo los genes de mi padre llegaron, sé valorar la música y sobre todo quienes cantan. El primer dinero que tuve lo use para comprar un disco de Milton. Desde hace 42 años no he cambiado, en ese aspecto, Milton sigue ocupando todas mis preferencias. Mi adoración es tal que intenté seguir algunos caminos que el ocultó en sus canciones. Una tarde a fines de diciembre, me interioricé en Minas Gerais para descubrir la folía de reis que Milton emulaba. Encontré, en un pueblo pobre, el resabio de la miseria, un  grupo de mendigos con instrumentos rotos y desafinados que  no obstante entraban a las casas, que tenían pesebres, para adorar al niño Jesús. Yo había conocido esto en Jujuy a finales del 92, apenas hubo comenzado mi viaje. Vivir eso fue una especie de iluminación. Los 3, eran desafinados, eran pobres, eran miserables, pero no les importaba. Sentí en ese instante que ellos salvaban el mundo.  Y que yo nunca me había animado. Lo digo como desafinado, cantar es lo más parecido a demostrar amor, hacia otro, hacia todos.  Porque el desafinado sabe que en algún lugar de la voz está escondida la piedra de nuestra verguenza con ser nosotros mismos. Cuando vi la folía de reis en aquellos pueblos de Minas sentí un regocijo inexplicable. Nunca jamás un rico señalará el camino. Acompañé horas a 3 pordioseros que en una ocasión llegaron a cantarle a una toalla de Jesucristo. Todos las casas a las que entramos no tenían nada pero todas vivieron ello como un milagro. Al verlo entendí que una casa que niega la música acelera la llegada del fin. Los argentinos, me dijo una vez Cristiano, piensan que cantar es gritar, los brasileños pensamos que es susurrar. Ese comentario me acompaña y creo que le viene al dedillo a lo que cuento de mi padre. Cuando mi padre lanzaba el hoy, que sabia cantar Daniel Toro buscaba en la potencia algo que se encontraba en la sutileza. De todos modos la riqueza guarda una trampa, solo los pobres la advierten. Solo los desafinados admiramos a los que sin miedo cantan. Yo sé y siempre supe, cual era la música que escuchaba mi papá. La ponía fuerte todo el domingo de mañana.  Mi mamá andaba por ahí y de vez en cuando cantaba.


Para mi estar de novio ha sido escuchar un disco juntos. Sin saberlo construí mi forma de amar de ese modo. Las novias que tuve lo saben. No creo que el amor sea otra que escuchar música. Cuando aun mi esposa no había dejado absolutamente todo para irse conmigo. Se sentaba a mi lado y cantaba. Ese espacio ha sido el único que nunca fue contaminado por nuestros errores, miedos, verguenzas, y culpas. El premio fue tener dos hijas que cantan. A veces juntas, a veces solas. Yo estoy seguro que cada vez  


que ellas cantan, me salvo, aguanto el calor y las pirañas, el Dios de Spinoza se conoce, se alegra y nos ama. Así como lo hizo con La Negra, y Miltón.  Así como mi madre hacía cuando cantaba. Mi papá lo sintió pero tal vez le faltaron palabras. En uno de los espectáculos que el genial músico Bobby Mc Ferrym vuelve sobre los aplausos, dice: Salven el mundo, canten. A mi me gustaría apenas sugerirte que escuches la música que necesites antes que la elección pueda ser calor o pirañas

7 respuestas

    1. Hermoso Sergio , yo copié a Sábato y dije que mi madre era la que cantaba en la miseria …
      » El mundo no puedo contra el hombre que canta en la miseria»
      Felicidades .

  1. Solo la magia de tu relato, pudo lograr que pasemos de las pirañas a Palmeras! Te abrazo con todo cariño y deseo un maravilloso 2026 para ti y tu familia, Sergio querido!

  2. Querido Sergio es así, la música nos protege de las pirañas. Te mando un abrazo extensible a tu familia.

  3. Amamos, reímos, lloramos, tocamos fondo y volamos cantando, falta que “se” escuche, nos escuchemos con los otros. Gracias por este maravilloso regalo y regocijo de año nuevo que tan promisorio siempre nos parece….a cantar caray!

  4. mi mamá siempre contó que cuando despertó de la anestesia, en mi nacimiento (sí, en aquel entonces se usaba anestesiar a la parturienta), el médico que la atendió estaba conmigo en brazos y cantaba «…y abriéndose la ventana un muchas gracias se oyó». Desde ese momento y hasta hoy la música y el canto me acompañaron siempre y vos lo sabés. Gracias por el relato y sigamos celebrando el canto.
    Feliz año, amigo.

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