Escritor, cineasta, actor, director, formador

RELATOS DE VIERNES

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Tengo una amiga que es profesora de literatura que me ha dicho que yo no hago literatura, que en mis textos parece que estoy hablando. A mi eso me encanta,

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Un Kilo y Medio de Tierra, de Santiago

Estamos siempre más preparados para transmitir tragedias que alegrías porque las tragedias pueden llegar a generar compasión  y empatía mientras que la alegría genera envidia. Hay ciertos cosas que no se pueden relatar. Al menos de un modo objetivo. No se pueden transmitir. Pídanle a un niño que explique cómo es serlo. Pídanle a un enamorado que no escriba pavadas. Hay una razón. Estamos siempre más preparados para transmitir tragedias que alegrías porque las tragedias pueden llegar a generar compasión  y empatía mientras que la alegría genera envidia. No se puede andar contando todo lo feliz que uno es sin curarse del mal de ojo. Decía el viejo ciego que a la felicidad hay que guardarla en silencio para que dure. Esta afirmación no puede dejarnos más que tristeza. ¿Será realmente así en todos los casos? Dada esta grave contradicción, esta necesidad de quedarse contento solo, o de agruparse para contar tragedias es que ciertos seres crearon una solución magnífica llamada Santiago del Estero. Santiago del Estero parece ser un desierto. Y como se sabe, los primeros que se jorobaron por andar en uno de ellos fueron los caballos. Se jorobaron de sed hasta que se transformaron en camellos. Pero Santiago del Estero no tiene camellos ni tiene beduinos. No tiene Oasis tampoco. Tiene, según dicen, un calor inhumano y una vocación al descanso. Y tiene un ser diabólico que  abrió una puerta escondida en el monte. La Salamanca es la salida alternativa que tiene Tupay para tomar un respiro de vivir en el infierno y fíjese que parece que elige Santiago. Fui allí la semana pasada y denuncio que lo del calor es mentira, de hecho volví resfriado. Lo del descanso es mentira. No pude seguirles el tranco, los santiagueños bailan y cantan, bailan y cantan desde que amanecen, hasta que el mundo amanece. Hacen pausas para comer y reírse. Intenté alguna vez seguirles el ritmo pero me fue imposible. No sé si es oportuno llamarlos endiablados pero doy fe, que quebraron el embrujo, son felices juntos Mi retorno a Santiago en menos de dos meses se debió a una actividad organizada por Juan Saavedra y su familia. Al segundo gran encuentro de talleristas llegaron casi 50 bailarines de largas distancias a compartir con uno de los artistas más importantes de nuestro país, si nuestro país se reconociera también más allá de Buenos Aires.  En mi caso fui preparado a ser alumno. A ser guiado. Durante los 4 días entré al modo Juan Saavedra.  Acompañé su plegaria matutina y, todos los días, en el momento que su voz aguardentosa decía la palabra “conexión”, estábamos con las piernas flexionadas y con las manos como raíces apuntando al centro de la tierra, allí, algo en mi se activaba. Para el momento que íbamos levantando las manos al sol y agradecíamos a nuestro padre y a nuestra madre me iba emocionando. Después me iba acercando a él, como todos, porque él nos llamaba para hablarnos de cerca y empezar a favorecer la

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