Mi madre trajo a mi casa, un día, un actor para que hablara conmigo. Yo me sentí tan invadido como mi hija siente que la invado cuando hablo en voz alta de lo que ella hace. Mi hija piensa que mi actitud merece ser castigada, en el caso que relato solo sentí vergüenza. Me puse colorado cuando mi mamá dijo en voz alta que debía mostrarle al tipo, el muñeco que había hecho. No sé en que se basó para traerlo, cuál fue su instinto. Lo único que tengo claro fue que cada uno hizo lo que imaginó, mi madre me puso delante un tipo gigante, yo me puse colorado y él antes de sentarse adoptó la forma de un samurai y anduvo desplazándose como un mimo y terminó gritando por toda la sala. Se subió a los muebles y sacó todos los adornos de lugar, mi madre tuvo una especie de colapso nervioso del que no pudo recuperarse jamás. Ese fue mi primer encuentro con un demente. Viendo al mastodonte ese poner cara de loco, mover los ojos y gritar, sentí lo mismo que siente un niño cuando le explican que uno se salva de la desaparición de la especie, por el COVID 19, usando una telita en la boca con un cordón atado a las orejas y manteniendo un metro de distancia. La adolescencia es el momento exacto dónde todo tiene el tamaño que no debería, el cuerpo tiene un tamaño rarísimo, las manos están demasiado lejos y uno no
sabe que hacer con ellas, el pelo tiende a desgobernarse, uno se da cuenta que la casa en la que vive es apenas la casa de los progenitores y que de tener una sería exactamente lo contrario, nuestros padres dicen cosas inconvenientes, pero sobre todo creen decir cosas que nos representan cuando no saben que eso dejó de pasar el día, que finalmente, decidimos quedarnos en el Jardin de infantes hasta el horario de la salida. Mi madre, por miedo a ver como el loco movía sus adornos, nos dejó solos en el museo que era mi casa y el tipo entonces me debe haber dicho cosas muy relevantes, pero de lo único que me acuerdo es que me preguntó si le podía conseguir porros.
Yo no sabía.
Al negro, porque así le decían, lo volví a encontrar un tiempo después cuando me senté a ver una obra en la que el actor era él. La obra no decía nada para quien transitaba el comunismo, esa religión de los ateos. Un día después estaba sentado frente al gorila, quien entre pitadas, dijo algo que no se pudo borrar de mi mente jamás.
Antes a los libros los quemaban,
ahora los editan.
Como la gran mayoría de las cosas que recuerdan los seres humanos toda la vida, quien las pronunció dijo eso sin énfasis, sin puntos suspensivos, como al pasar. Solo en las películas yanquis hay musiquita. Sin embargo, cuándo lo dijo, el tiempo se detuvo para siempre en mi vida. Ese día escuché uno de los mayores secretos del funcionamiento del mundo de los patanes. Lo que me explicó el demente fue que la manera más facil de ocultar algo es replicarlo hasta el infinito. Esa es la naturaleza de las universidades, los laboratorios, las acciones culturales, las organizaciones sociales, las iglesias, las ONG, la política y el resto de cualquier cosa que pueda servir para algo. La sabiduría del poderoso es permitir. De eso esta hecho EEUU.
De hecho: la endeble importancia que puede tener que más personas lean lo que escribo, se hará yogur si por alguna confusión lograra el efecto multitudinario. Solo lo raro puede ser bello, lo bonito jamás. El tipo era así: raro. Parecía el director de la compañía mundial de teatro en el planeta de los simios. Esa última vez que lo vi, me dijo que me tenía que ir a Brasil, que a este país le faltaba sabor que en ese país pasaban cosas, que no debía perdérmelas. Me las perdí.
Me olvidé del simio hasta que le encontré gusto al destino y abrí un libro en el mismísmo Brasil y me regalaron un libro con fotografías de alta calidad que contaba el surgimiento del teatro popular en Curitiba. En la primera gran foto estaba él. Gigante, con esa máscara que usaba de rostro. Lo primero que pensé fue en la frase que me había dicho, la de los libros, ¿estaría ahí solo por lo arbitrario de la edición masiva?
En un instante, mi mente comenzó a ordenar la memoria de otro modo. Entonces recordé la obra que había visto 15 años atrás y la entendí. La religión del comunismo había empezado a quedar atrás dándole espacio a un mundo posible. La historia trataba de dos tipos que querían contar la historia del huevo de Colón, mientras creaban una gallina, pero sobre todo peleándose por ser más o menos protagonista de una obra que verían unos pocos. La obra era un reflejo de la realidad en el improvisado teatro no había más que 15 personas. Hacia el final la obra llegaba al cismo, los enfrentamientos y las discusio y los actores se mataban, antes de dar el último suspiro uno de ellos dejaba caer sus últimas palabras y estás eran:
yo solo quería jugar
Yo-solo-quería-jugar. Yo solo quería jugar, yosoloqueríajugar, Yo Solo Quería Jugar. Escribo esto varias veces porque esto me viene diciendo otras cosas este último tiempo. De hecho escribo esto y me doy cuenta que eso fue lo que el tipo había hecho en mi casa, anduvo jugando con las cosas de mi madre, no le importo ningún protocolo. Andar jugando, le hizo sentir los militares de otro modo. Y jugando se fue en un bote a Brasil donde pudo volver al juego, al teatro. Me dicen que era común verlo hacer de mimo en las plazas, irrumpir en algún cumpleaños de la gente pudiente y encontrar el modo de acostumbrarse a algunas mujeres.
Aquí nadie recuerda a Hector Grillo. Tal vez algún cordobés lo nombre pero no en Argentina. Lo recuerdan sí en España y en Brasil, a Argentina es un país para serios, el teatro que se hace aquí es muy
serio, dramático, el actor nacional por excelencia es un tipo que es tan pero tan serio que cuesta creer que él mismo no se causase gracia.Este país es tan serio que el único grupo de humor que pudo ser existoso tuvo que ponerse traje. El teatro que se hace en Argentina es un teatro de personas que hablan de cosas serias.Sobre todo y más que nada hablan. El teatro artentino es como una sesión de terapia donde otros hablan. Jugar, realmente jugar es algo que pueden hacer apenas los pobres, los extranjeros, los locos, y los raros. Ese es el caso de un Diego que perdió su apellido en el mundo jugando con una pelota.
Hector Grillo, fue mimo, actor, titiritero, animaba cumpleaños y dormía con varias mujeres a la vez, fumaba porros en demasía, jugaba. Murió seriamente.


