El Testigo

Picture of por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

A Gonzalo

Vi la campana y toqué. No tenía idea. Sonó a lo que era. Campana.Había llegado por el camino de eucaliptos que cuidaban la senda perfumándola. El río que atravesé era mínimo, pero ancho; había que practicar los saltos y el equilibrio. Un año después, una noche, me iba a arrastrar porque la confianza no se aprende en los ríos.El sino hizo eco y vos me abriste la puerta. Tenías un buzo y una melena gigante. Eras joven. Yo también. Fuimos subiendo la escalinata que daba a la galería. Esta sería la entrada a uno de los lugares más especiales en los que entré en mi vida. El director no está, dijiste. Yo les muestro.Al teatro se iba subiendo; los cuartos eran blancos, el cielo limpio de enero. Este es nuestro espacio, acá ensayamos, esta es la biblioteca, esta es la huerta. Yo miraba ese lugar absorto y, de pronto, me vino a la cabeza el libro que ella me había regalado hacía unos meses: Más allá de las islas flotantes.No sé si pregunté algo, y vos complementaste que el director había sido parte del Odin. Abrí los ojos como quien descubre un tesoro. Fue en ese momento que tuvo sentido la predicción que una vez alguien me había hecho: «En los lugares inhóspitos es mucho más probable encontrarse con todos que en las grandes ciudades».Después jugué. Tenía una bolsa marinera donde cargaba un muñeco. Nos reunimos en la cocina y repetí lo que había empezado a hacer unos años atrás.Esa tarde empezó algo que llega hasta el teclado donde escribo, tratando de que algo me dicte.Por la puerta apareció una muchacha italiana, después una belga y después un español. Más tarde apareció un italiano gordo y barbudo que miró malhumorado hasta que la sonrisa se le instaló para siempre. Teresa reía fuerte.Un tiempo después llegó el director. Él es César, dijo alguien. El no tuvo tiempo de reaccionar porque Bobi fue a saludarlo diciendo: «Ave César». No tengo idea de dónde Bobi sacó eso, pero sospecho que me robó mi recuerdo de haber leído tanto Astérix.Ese primer tiempo fue otra infancia. En el correr de los días, los que se habían ido de vacaciones estaban volviendo, preparando el taller que iban a dar. El día que volvió Filippo hubo pizza; el día que volvió Lucas hubo serenidad.Las noches previas al comienzo del taller se completaban con una sobremesa de trimate y el pedido de todos de que busque a Bobi. Y lo busqué. Todos los días. Después pasó de todo. Y mucho más.El día que terminó el taller y que hicimos El Quijote, en un momento nos quedamos solos, frente a frente, y me dijiste algo. Por eso, un año después estábamos juntos en la sala de ensayo, preparando algo que iríamos a hacer en Tarabuco.Lo que teníamos preparado no lo pudimos hacer porque no medí la fuerza y el impulso de la mortal. Te hizo trastabillar y te quebraste la muñeca.Igual entramos a Tarabuco: vos con los zancos y un yeso; yo con el Quijote. Quería tener una foto igual a las que había visto en el libro del Odin, y la hice. Está en algún lugar. No me dice nada, es solo una foto.Un día amanecí y ya era el titiritero de Banfield. En la impresora de César, en su cuarto, hice el programa de mi espectáculo y él colocó en la parte superior: «El Teatro de los Andes presenta…».¿Cómo no me iba a costar irme de allí? Por eso volví siempre. A veces sin avisar, otras, invitado.Igual que todas las cosas, el tiempo, ese misterio, fue inescrupuloso y permitió que todos se equivoquen, incluso con gloria; hizo que algunos se mueran, que se enojen, que se olviden y que vuelvan.Hace un rato me llamaste. No necesité decirte nada sobre la calvicie. Los dos perdimos el pelo con los años.Solo me dijiste que

iban a cumplir 35 años, que volvía Lucas, que volvía César y que querías que yo vuelva. Te observé y me di cuenta de que la campana que yo había hecho sonar 32 años atrás todavía replicabaTe dije entonces que quería llevar mi último trabajo y que, por lo tanto, mi interés era llevar a mi mujer y mis dos hijas.Hace un segundo (el tiempo es un misterio), llegamos a Sucre y trabajamos con la familia que construí frente a la familia que encontré: ustedes.Nada valedero se puede decir sobre lo que nos ha emocionado. Todo es inútil, burdo, bobo.Durante mucho tiempo me he empecinado en decir que soy el ladrón del Teatro de los Andes. Como siempre, he confesado mis males y a nadie se le ha ocurrido meterme preso. Hoy voy a agregar algo: en el tiempo en que todo se empecinó, hice lo que sentía y me mantuve cercano a todos. No creo que haya sido sabiduría, sino más bien culpa, un agradecimiento culposo. Hoy quizás pueda intentar una explicación.Así como los abuelos son los ojos que una infancia debe conocer para sentirse observada y, por lo tanto, viva, el Teatro de los Andes fue eso para mí. Fueron los ojos que me descubrieron como artista.Esas noches después de la cena, en que fui a mi cuarto a buscar a Bobi, a la bruja Caca o a Virginia, y volví hacia la galería para jugar y reír, son la verdadera y poderosa raíz de mi actitud creadora.
Son los ojos brillosos de Teresa, de César, de Lucas, de Filippo, de Paolo y, por supuesto, los tuyos, hermano Gonzalo. La noche que terminé la segunda presentación de Siempre Guardavidas en Sucre, viajamos a Yotala con las chicas. Atravesamos el río, pero esta vez por un puente, y recorrimos el camino con los pocos eucaliptos que quedaban. Ya no estaba la campana. Esa noche dormimos las cuatro.Me es imposible usar el masculino cuando en mi familia, salvo yo, todas son mujeres. Mi idea fue que mis hijas sepan que un día las llevé a conocer el lugar donde empezó una de mis infancias.Al otro día volvimos a Sucre porque iba a suceder El viejo príncipe. Ya la había visto en Buenos Aires con otro elenco, pero ahora era otra cosa porque estaban juntos de nuevo y con Alice.La oscuridad me trajo una luz. Ya no soy el ladrón del Teatro de los Andes. Estoy en el museo Tanga Tanga viendo un reencuentro.Viene a mi mente la galería del 94 y entiendo: soy un testigo privilegiado. Soy «El testigo». De hecho, tal vez siempre lo he sido.Estoy viendo el reencuentro de ellos después de 20 años y lo voy a escribir porque esto es muy relevante. Son lo que fueron, juegan de memoria y brillan por igual.¡Qué maravilla estar aquí en este momento! ¿Cuántas cosas que nos emocionen podemos ver después de 30 años? La respuesta es obvia: la familia. Solo la familia.Aquellos con quienes no hemos tenido respeto. Aquellos con quienes nos hemos peleado para siempre. Aquellos que conocemos tanto que sabemos incluso la forma que tienen de herirnos. Pero también aquellos con quienes soñamos un mundo más bello. Siempre será emocionante ver una familia. Esa expectativa. Ese sueño. Esa confusión. Esa comunidad. Ese respiro.Lo hago: respiro y respiro y no sé cómo seguir esto.No tengo más nada para decir o escribir. Solo tengo el deseo del testigo. Que alguien me pregunte y que yo pueda contar algo.De todas maneras, el testigo de la belleza siente envidia, siente insomnio y, en lo íntimo, en su inmenso silencio, espera replicar lo que ha visto. Espero que la familia que yo mismo he hecho tenga un día este reencuentro. Donde todos brillen parejo cuando se junten y hagan emocionar a un resto. Ese día, hermano Gonzalo, espero no olvidarme de invitarte. Te lo juro por la campana.

3 respuestas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Se agradece compartir

articulos
Sergio Mercurio

Odiame, si sabes lo que es

Todo empezó con el corazoncito rojo dibujado. Eran carteles que tenían la palabra YO en mayúscula y después el corazoncito rojo y enseguida Bariloche. Con

Seguir leyendo »
articulos
Sergio Mercurio

El Grillo

De grillos no hay plagas. Hay un grillo medio famoso en una película de dibujitos de disney, no me acuerdo cual. Creo que tenia galera,

Seguir leyendo »