Escritor, cineasta, actor, director, formador

El Guanaco

por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

Ayer finalizó el campeonato nacional de cerros multicolores y Purmamarca perdió  por una diferencia abrumadora ya que el cerro Hornocal los avasalló 14 a 7. Atrás quedó la gloria que ostentó el poblado quebradeño por poseer un cerro de apenas siete colores. Atrás quedó la obligación turística de visitar Jujuy y detenerse en ese pueblo apenas separado de la ruta principal para obnuvilarse  con el cerro desde cualquier lugar de su urbanidad. Sea como sea, Purmamarca no pierde el encanto. Hoy en día existen senderos nuevos que permiten ahondarse entre los colores encantados, meterse en el paisaje y volver otro. 

Desde que el turismo mundial inunda la quebrada de Humahuaca ya no hay quien esquive Purmamarca.  Hornocal pide pista y hoy en día el campeonato de cerros no es tan popular  como para renunciar  al encanto purmamarqueño. Quien se allegue a esa comuna volverá con artesanía, muchas fotografías y tal vez el sabor de la culinaria.  Es posible también, que entre las fotos aparezca como novedad un camélido que suele habitar el norte argentino, muy famoso por su capacidad de escupir tanto o más que los pueblos del reino de España. 

Esta historia sucede en el comienzo del año 2000, al mediodía. Los que vienen saliendo de la escuelita del pueblo son Azul y su hermana mayor. La hermana corre más rápido y Azul balancea el cuerpo así como el flequillo en sus ocho años. Están doblando la plaza, frente al correo. La familia se adaptó fácilmente a Jujuy aunque se siguen sintiendo cordobeses. Azul es bajito. No llama la atención entre la población. La hermana de Azul corre mucho más rápido pero los dos son rapidísimos, hoy hay milanesas. Gira en la esquina y su hermana lo sobrepasa, cuando vuelve a levantar la vista lo ve. La calle tiene dueño. Está parado el fondo de la calle, blanco y dueño. Algo le hace detener la marcha. Este es el momento en que un niño se siente desolado. El guanaco lo enfrenta. Le cerca la calle. Azul se achica. El guanaco se acerca. Al correr para atrás el niño tropieza y cae de espaldas. El guanaco le coloca las pezuñas sobre el pecho. 90 kilos de una bestia lo presionan desde un metro sesenta. Como en un sueño el miedo no le impide reflexionar. Este guanaco, ¿acaso no tiene dueño? No es común que un guanaco este solo en la calle. ¿Su dueño lo ha perdido? O está tramando algo peor. El terror se apodera de Azul. Entonces el guanaco hace lo que sabe. Lo que todos saben que el sabe. Azul se tapa la cara. El escupitajo es contundente. Un segundo después  el guanaco se ha ido pero Azul no ha abierto los ojos. Un guanaco derrota a un niño que ya no corre camino a lo creía era la victoria de las milanesas. Va a llegar a su casa con un gel viscoso tapándole la cara. Al sentarse a comer, Azul  no puede limpiarse el pelo. Ahora ya sos jujeño, dice la abuela.  Te bautizó un guanaco.

Azul atraviesa la puerta de mi casa y me abraza. Trae regalos. Creo que esto te va a gustar me dice. Es un libro de poemas de Ernesto Aguirre.  Un tomo blanco y grande. Yo señalé poemas que me gustan, me dice.  Lo tomo y lo apoyo sobre mi mesa de luz. Dormimos. Cuando Azul despierta es su cumpleaños. Tiene una edad muy parecida a la que yo tenía cuando le toqué la puerta a Ernesto Aguirre, en San Salvador, en el año 93, 25 años y pelo, él tenía anteojos y barba, pero no parecía un poeta. ¿Cómo son los poetas? No lo sé. En ese entonces  estaba convencido que Benedetti era un poeta, que Neruda lo era. Le entregué mis poemas a Ernesto y él me invitó a pasar. Me voy a tomar unos días. Volví . Fue muy suave y atento al explicarme que creía que tal vez yo no fuera un poeta. Que evidentemente tenía mucha capacidad para relatar y lo hacía bien. Pero entre los cientos de poemas que le dejé apenas había encontrado uno. Ernesto Aguirre era tan amigable que nos vimos algunas veces más hasta que desapareció hacia Bolivia. Con el tiempo fui aceptando la apreciación que Ernesto me hizo. Abro el libro que Azul me regaló y leo:

El ojo

La más fertil semilla

En manos del hombre

Me alegro que este libro haya demorado treinta años en llegarme y que me lo traiga un joven. Quería verte, me dijo Azul, quiero salir en busca de otros horizontes. Nombro un lugar y gente en el norte brasileño. Cuando el se va abro el tomo 1 de las Obras completas de Ernesto Aguirre, tiene más poemas que me provocan. Advierto coincidencias que eran imposibles en el momento en que nos cruzamos. Amamos al mismo poeta. 

A Juarroz

Un apretado tejido de miradas

Sostiene el universo


Pestañear

es suicida.

Ernesto Aguirre ya no está, mientras escribo es inevitable pensar si alguna de mis palabras han tocado el camino de Azul, como lo hizo Ernesto, sin que sea un escupitajo.

9 comentarios

  1. Hermoso cuento!!!!! Sueño con ese paisaje,y volé a él,con tu cuento.Gracias
    Los tres pasos de Cestoni,sigue emocionando,a quien lo lee.Mis nietos e hijos,que no lo conocieron,desean haber vivido en esa época
    Nuevamente gracias

    1. Gracias por leer y comentar Maria Eugenia. Me alegro enormemente lo que me comentas de tus hijos y nietos. El otro día conocí a tu hermano.

  2. Tengo que llevarle ,el cuento.Me alegro,que lo conocieras.

  3. Seguro tocas caminos. Como vicuña o guijarro de apacheta. Nunca escupitajo. Gracias.

Se agradece compartir

Más relatos de viernes

Escritura
Sergio Mercurio

El Amigo Equivocado

Yo tengo un amigo que está equivocado. Muy equivocado. En casi todo. Si hablamos de comida, come mal. Muy mal. Es desordenado. Es de público

Seguir leyendo »
articulos
Sergio Mercurio

Volver a volver

Durante el período de mi vida que fui un viajero la parte que más disfruté fue el retorno. Volver era siempre una alegría sin ningún

Seguir leyendo »

PODCAST: Echado de la librería