Escritor, cineasta, actor, director, formador

La Patria de Guillermo

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Por Sergio Mercurio

No se puede tener orgullo de un lugar que junta y tira en bolsas negras los huesos que tan serenamente has extraído de tu madre que en tierra los guardaba, no se puede tener orgullo de un lugar que siempre tuvo el nombre de su dueño. No se puede tener orgullo de un lugar que escala los canallas, que colecciona patanes que hacen la parodia del artista o del político insano y suave.

Guillermo Magrassi era de algún escondido lugar de Lomas de Zamora, pero era de todos los lugares amplios de América. De todos los aborígenes y sus telas, de todos los instrumentos de labranza, de todos los instrumentos musicales. Era un árbol raro, una mente inquieta, un observador incansable y un divulgador esmerado y entrañable. Muchos lo conocimos en la televisión de los ochenta cuando condujo el programa “La aventura del Hombre”. Lo daban a las 21 horas en canal 13 y para nosotros, me refiero a mi familia, que fuimos de los primeros en adoptar a la televisión como extensión de la mesa, Guillermo Magrassi cenaba con nosotros. Yo no tengo idea de lo que daban en los otros canales, mi papá llegaba, más o menos a esa hora, y nos sentábamos los cuatro a verlo. Los temas que presentaba nos interesaban a los cuatro, en esos tiempos lejanos, insistía en llamar aborígenes a los indios americanos, no se cansaba de, serenamente, con su voz algo extranjera explicar que ese nombre remite al origen y que este, el de lo argentino, puede haber comenzado con los barcos, pero de ninguna manera bajó de ellos. En esos tiempos yo miraba a Magrassi sin siquiera imaginar cuánto ese hombre iba a influir en mi trayectoria.

La última vez que lo vi estuvo a unos 3 metros de mí y tengo la plena convicción de que nadie más lo escuchó, y lo sintió como lo sentí yo aquel día. Fue en un Tantanakui, una festividad andina que por ese absurdo que es vivir en un lugar tan nefasto como Lomas de Zamora, y en especial en Banfield, fue celebrada en un colegio rico e inglés. Magrassi, el que aparecía en la tele y era visto quizás por cientos de miles, se había subido con saco y corbata al pequeño escenario de un colegio que celebraba lo que detestaba, esas paradojas no eran tan comunes en los años ochenta. Hoy ya todos sabemos que la gran mayoría pregona lo que ignora, denuncia a otros de lo que él mismo hace y sobre todo y más que nada, miente. Magrassi volvió ese día a repetir ese concepto que le gustaba compartir, aquel que traído del latin explica que la patria solo puede ser el lugar donde uno puede ser libre. Recuerdo que el momento que lo dijo me hizo advertir que yo no tenía patria. Pero, ¿qué hacía entonces Magrassi en Lomas de Zamora? ¿Acaso se sintió libre siendo el director del Museo Americanista, cuando hizo la recolección más fabulosa de restos en el río Matanza, rescatando la memoria viva de la batalla decisiva en que los querandíes al mando de Telomían Condié fueron derrotados sin asumirse vencidos? ¿Se sintió libre a orillas del Riachuelo el flaco Magrassi mientras clasificaba los huesos que los patanes de Lomas de Zamora echaron a la basura? ¿Se sintió libre cuando llamaron un funcional funcionario para que juntara los huesos en bolsas de basura negra y las volviera al Riachuelo sin que esos huesos pudieran contar lo que habían vivido? Esta es historia reciente y hay más de uno que vio esto y aun hoy mantiene el orgullo de no hacer nada.

¿Cómo podía Magrassi seguir intentando ser libre en Lomas de Zamora? Era una eminencia en México, y en todos aquellos lugares donde lo aborigen no indigna tanto como en Argentina.

II

Cuando terminé la secundaria me enteré por puro arbitrio que Magrassi daba un curso de aborigenes argentinos cerca de mi colegio. Como era curioso, me metí en la lista. Durante semanas lo escuché atento. Todo empezó en un pequeño auditorio de Temperley y los que asistíamos no llegábamos a veinte. Lo primero que me llamó la atención fue su postura, nos hablaba a los quince del mismo modo que hablaba a millares. Parecía saber más de lo que proponía. El curso duró hasta que yo comencé el profesorado de Educación Física, y de algún modo me acompañó hasta la prueba en que me recibí de maestro de Educación Física. En una de las mesas donde daba finales, me enfrenté a uno de esos seres que poblaban y pueblan la educación pública, el profesor de entrenamiento era un ser triste, un amante de los militares que relataba hazañas sexuales a adolescentes granosos siempre gozosos de cierta pornografía. Yo ya lo había, junto a otros, enfrentado en una de las primeras clases cuando quiso hacernos hacer ejercicios del servicio militar. En esa época tenía dentro de mí una cierta necesidad de confrontación, y este energúmeno se permitía decir que la educación física se ocupaba apenas del cuerpo y que la cabeza no intervenía. Incluso hacía un gesto que repetía como latiguillo, se colocaba la mano en el cuello como en el gesto de cortarle la cabeza a alguien y casi gritaba que a todos nosotros nos debía interesar de ese lugar para abajo. Había una amplia mayoría que festejaba ese definición; así como festejaban el standar que el decía tener: Cuatro sin sacar, repetía. El día que relato, el citado me dijo que explique el origen del fútbol, justamente no hacía mucho había yo hablado del tema con Magrassi. El fútbol fue el único tema que hizo que Magrassi me viera y me escuchara, que se quedará más allá de su charla hablando conmigo. Tenía sobrados datos de los juegos de pelota en América, hoy parece irrisorio ignorarlo, de hecho se reproducen en Guatemala y México los antiguos juegos de pelota, pero en los ochenta era inadmisible enfrentar la historia oficial de los conquistadores. Cuando el sapiens sexuado me hizo la pregunta activó en mí algo de lo que no me arrepentiré nunca. Esto no lo voy a dejar pasar pensé, no voy a repetir lo que él espera, no voy a contarle la historia inglesa del fútbol, voy a contarle la historia americana. En el momento que dije que la data más antigua de un juego parecido al fútbol correspondía a la patagonia argentina, los tres profesores de la mesa se desacomodaron. Yo ya tenía mala fama, había sido el presidente del centro de estudiantes y había enfrentado a esa caterva de docentes que gobierna la educación, incluso desde la inoperancia, los había puesto en evidencia y más allá que yo había perdido mis peleas, ellos tampoco pudieron deshacerse de mí. Miré a los 3 y comencé a relatar la historia de “la chueca”: la que me había contado Magrassi. Como yo había exprimido al antropólogo, tenía muchísima información, incluso conocía el nombre del alga que se ataba infinitamente hasta lograr la forma de una pelota, sabía el terreno que usaban para disputar el juego y que siempre y en todos los casos evitaba la guerra, que “la chueca” podía durar días y que la pelota se empujaba con una especie de palo. Yo recuerdo a los 3 profesores de la mesa, veían como yo provocaba al sapiens que a su vez me provocaba insistiendo en que cuente la historia inglesa. En ningún momento dije que el fútbol había empezado en Inglaterra, dije que el juego de pelota había empezado mucho antes en la patagonia y que no había como confirmar que uno de los marineros no hubiera llevado esa pelota elástica de vuelta a la isla imperialista, afirmé además que la facilidad de los argentinos para jugar al fútbol se debía al ejemplo que yo contaba, a la verdadera historia de este pueblo que nunca jamás había apenas bajado de un barco, sino que había nacido aquí; en esta tierra. Aprobé con la mínima. Me recibí de maestro de la mano imaginaria de Magrassi. Este suceso sucedió también en Lomas de Zamora que fue el lugar donde lo ví por última vez uno de esos años, fue en un pequeño escenario, en el patio interno del colegio inglés. Tenía, como siempre, el cabello fino surgiendo más allá de su frente ancha. Creo recordar que tenía un saco y corbata. Para mí había sido tan absurdo encontrarlo allí que hasta hoy en día me pregunto el orden de las circunstancias. Yo estaba con mi padre, y algo me dice que era un domingo de noche. Entramos al colegio y pisamos el patio sin saber que, en el mismo momento, Magrassi subía dos peldaños para expresarse. Desde el fondo de un pequeño patio recuerdo su magnetismo, su oratoria tenía un dejo de otras latitudes, parecía un francés que aprendió a hablar correctamente en argentino. Yo conocía su modo, pero nunca la potencia con que lo sentí ese día. No recuerdo como empezó su argumento pero terminó hablando de una novela de Garcia Márquez que nunca he leído, ¿sería El otoño del Patriarca? ¿o El coronel no tiene quien le escriba? No lo sé, no acostumbro visitar a Garcia Márquez. Quien lo conozca sabrá dilucidar rapidamente a que novela se refería cuando ahora ensaye lo que él dijo. La novela hablaba de alguien importante ¿Un coronel? ¿ Un patriarca? Esa autoridad había tomado la descabellada idea de mandar asesinar impunemente a seres: ¿niños?. No lo recuerdo. Mientras iba contando la historia Magrassi silenció la audiencia con su poder de oratoria, no había mucha gente, pero tengo la sensación que todos lo respetaron porque era una figura pública que también había cenado con ellos los lunes a la noche. La cosa es que Magrassi contó la novela en una anécdota, no gastó más que unas oraciones para ponernos frente a un déspota que había decidido mandar a matar a su pueblo. Lo que ordenó fue ejecutado y una vez ordenado: llamó a los subalternos que cumplieron la orden de asesinar impunemente a gente indefensa. Los puso a todos delante como para felicitarlos, pero en cambio, él mismo los fusiló, sin antes explicar , en dos frases, a quienes van a morir: su argumento:

hay ordenes que se pueden dar,

pero que jamás se deben cumplir”.

Una vez relatado esto, Magrassi fue enérgico en su crítica a la ley de Obediencia Debida que el presidente Alfonsín había alimentado con discursos y promulgado con hechos. Esa ley daba por finalizados los juicios a los militares que habían desaparecido, torturado, matado y robado bebés de miles de argentinos. No puedo saber si los que estaban allí escucharon como yo a Magrassi ese día. Pero esa noche entendí una gran parte de mi vida, viví mi futuro, entendí cosas que tiempo después haría. Yo no sé si: encontrando y leyendo la novela que el citó podré sostener la lucidez que me dio escucharlo. La sola puesta en práctica de esa frase, el respeto de esa frase dictaminaría la quiebra de absolutamente todos los calls center, los trabajos basados en el engaño, acabaría con una centena de miles de absurdos llamados trabajos. Se puede esgrimir que ese desempleo derivaría en un caos definitivo. Estimo que en todo caso puede, tal vez, colocar en nuevos carriles nuestra perspectiva, ya que echaría por tierra la burocracia, y hasta cierto punto eliminaría la sociedad actual. La frase de Magrassi es uno de los alegatos más maravillosos en defensa de la libertad, es como la que Bartebly enuncia cuando dice que “prefería no hacer eso”. La frase de Magrassi es una apuesta por una vida más justa. Es indudable. No hay que hacer lo que no debe hacerse.

III

Esa noche sucedió más que eso, algo que los orientales llaman “Satori”, y no me refiero apenas a la explicación que dio el antropólogo. El Satori que tuve tiene que ver con advertir que un ser humano, apenas uno, con su voz, con el ejercicio de la palabra puede transformar la trayectoria de un otro de una manera que se sostendrá en el tiempo y seguirá como sigue en mí ahora haciendo efecto. Y que recién hoy puede que pueda entender el concepto de Patria que tenía Guillermo.

Hace más de un año estoy escribiendo mi última novela, trata de fútbol y de indios, de escoceces y argentinos, sucede en este lugar donde suelen sentirse orgullosos los patanes, tratar de reconstruir la historia de la laguna de Rocha y de los últimos querandíes es una odisea invisible, donde Internet no ayuda, el callejón me ha hecho buscar cosas en la memoria y fue allí donde apareció el sociólogo y lo he buscado, entonces me ha dicho internet que Guillermo Magrassi ha muerto uno años después de yo haberlo visto aquella noche. La curva del tiempo me lo ha devuelto y me ha abierto cierta posibilidad imprecisa, la de continuar escribiendo más allá de lo impuesto por cualquier tipo de jerarquía, la de escribir algo que yo haya buscado en la profundidad de mí mismo. Este tiempo me ha dejado encerrado en el mismo lugar que Magrassi, sé que este lugar no es mi Patria, yo no puedo ser libre aquí, en esta tierra. ¿Pero dónde puedo serlo? ¿La libertad puede referirse apenas a un lugar? Creo: a partir de escribir esto, entender algo que quizás no tenía tan claro, puede que Magrassi fuera libre mientras hablaba, y que no le importaba dónde por eso era libre frente a 15 o frente a miles, que yo recuerde sus palabras hablan de su patria. Mientras recuerdo sus palabras, me estremezco, las escribo y aparece el “satori”, en mi caso: esta es mi patria, así yo me siento libre: escribiendo esto.

Se agradece compartir

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37 respuestas

  1. Inmenso es tu relato Sergio. Un placer leerte.
    Si me lo permitis, me gustaría compartirlo en la escuela.
    Te mando un fuerte abrazo.

  2. Pareciera que haber sentido el espíritu de libertad alguna vez, significa seguir caminando, siempre a tientas, en su procura
    Tanto tus palabras escritas, tu oralidad, tu hacer artístico, son hacedores de sentimientos de libertad. Tremendo honor acercarnos a tus cosas y hallar en ellas perfumes de libertad. Gracias

  3. Qu relato tan histórico y profundo en su intención. Entró en mi memoria hizo chispa, «la aventura del hombre», también estuve frente a la pantalla en esa época, pero fuera del mundo. Me alegra saber a partir del texto el contexto . Gracias por la historia.

  4. Hola Sergio disfruté mucho la lectura, me resuena la idea de que la patria es donde una se siente libre y me quedé con ganas de conocer al profesor Magrassi.

    Yo no he leído el Otoño del Patriarca pero la que citas es una de las frases que mi papá solía repetirme desde su espíritu contradictor ante el poder. Hoy después de leerte lo llame para recordar las historias que me contaba y que ahora te quiero contar. Resulta que en la novela, cuando hay sorteo de la lotería usan a los niños para que saquen los número ganadores y así mostrar que no hay trampa, después de cada sorteo van encerrando a los niños para que no se conozca la trampa. Cuando ya son demasiados niños para tenerlos escondidos, los suben a un barco y hunden el barco. Es en ese contexto que García Márquez pone en boca de quien dio la orden la famosa frase. Para seguir en este dialogo de textos está historia estaría inspirada en lo que hizo Eustoquio Gómez hermano del dictador venezolano Juan Vicente Gómez, cuando para limpiar de mendigos la ciudad de Maracaibo los subió en un barco y lo hundió.

    Parte de los horrores de nuestra historia.

    1. Hola Manu, creo que has salvado mis dudas, entonces el libro al que se refería Magrassi debe haber sido El Otoño del Patriarca. Te agradezco que me la cuentes y que hagas ese paralelismo con Venezuela. Me alegra que mi texto haya hecho ese efecto de darte ganas de conocer a Guillermo. Yo lo sigo conociendo, he comprado todos sus libros. Son muy pequeños, los tengo delante mío en este momento.

  5. Hola Sergio, nunca dejo de sorprenderme de lo que haces, tu forma de recordar, de escribir.
    Gracias por compartirlo.
    Un abrazo grande.

    1. Gabi, vos también surtis ese efecto, tengo la sensación de que de alguna manera vas a hacerme saber que estas escuchando, viendo y que entonces puedo seguir aunque no sepa bien hacia donde voy

  6. Despertar un domingo temprano, y ver que un mail había llegado. Casi convencida de que sea una publicidad, abrí el dichoso correo… pero allí estaba esta agradable sorpresa.
    ¡Siempre es «vida» leerte!. Cuando leí tu libro del pintor, le dije a un amigo, «riega mi mente en cada capítulo», y con esto lo has vuelto a hacer.
    ¡Gracias por estos relatos que nos dan esperanzas de que aún hay gente que es la mismísima Patria!

    1. Vanesa. Despertar un Domingo y ver que alguien ha leído lo que he escrito y que le ha permitido recordar, y sobre todo que le ha alegrado es lo máximo que quiere mi patria

  7. Es dispensable decir que he quedado anudado e en silencio retumbante. Por la historia en sí, que de alguna manera nos toca a quienes vivimos los efectos de tiempos despóticos y aprisionantes márgenes por donde andar pero, por sobre todo, por transportarme a mis años adolescentes en un lugar de rutas cortadas, barrientas y en el mejor de los caso polvorientas. En ese olvidado sitio, había el profesor Bernal, daba aulas de geografía y a mi me legó su amor por la poesía. Escribía poesía, pero su mayor entusiasmo era trasver la metáfora, me dio la oportunidad de conmoverme con la belleza insignificante de una mariposa en la ventana y el interminable afán de preguntarse, me dio la curiosa patria, entonces no lo sabía, que existe más allá del horizonte. Hasta ahora no lo había visto así, al leerte me di cuenta que en aquel extraviado rincón fue el primer estallido donde explotó las fronteras y me dio el gusto por ser paria, la patria ineludible a cuestas. Gracias hermano por eso.

    1. Que alegría que hayas sentido esto Blas, para mi tus pareceres sobre las cosas son siempre un poco sorprendentes, sobre todo porque tenes una capacidad de mirar el mundo desde distintos aspectos, el guaraní y el urbano, porque tenes dos países y te reís de ello. Me alegra que hayas conectado a partir de guillermo Magrassi con el profesor Bernal

    2. Hermoso Sergio, muchas gracias. Que excelente despertarse un Lunes de Septiembre a las 8 am leyendo y reflexionando sobre la Libertad, sobre el poder liberador de la palabra.
      Gracias por compartir el texto, dígamos que no siempre se tiene la dicha de amanecer así!

  8. Que lindo Sregio!!!!
    Y cuanto nos cambiaría entender «La Libertad» disfrutando y haciendo lo que verdaderamente amamos, pero nuestros mandatos ansestrales dicen otra cosa
    Ahhh y me mato lo del profesor sapiens. JV sus iniciales
    Te mando un fuerte abrazo

  9. Muchas gracias Sergio por tu relato. Intenso. Al empezar a leerlo lo primero que vino a mi fue su voz y su porte. Haber visto sus programas con mi padre es algo que sigo agradeciendo; doblemente si agrego a mi memoria olfativa el olor de la comida humeante de mi madre en la mesa. Hacia el final de tu relato me vino la pregunta: Seria que Guillermo era su propia Patria? Que bueno tal vez, una Patria portatil para llevarla con uno a todas partes, libres. Abrazo.

    1. Moni, es increíble pensar que hubo un lapso de tiempo donde ese hombre cenó con millones de nosotros y logró dejarnos su patria, no?

  10. hola Sergio
    lindo e importante compartir estos valores humanos y ademas asì bien escritos. Asocio tu relato con el trabajo que estoy haciendo en la escuela secundaria con jovenes de 11 a 13 años. Para nosotros, el tema es la elección como instrumento de crecimiento y, en consecuencia, de libertad. Es difícil elegir cuando somos pequeños, pero es necesario aprenderlo para volverse seres libres.
    Un fuerte abrazo y perdonen mi castellano escrito un poco yo y un poco por googgle traductor.
    Filippo

    1. Mi querido Filippo, gracias por leer y compartir lo que estas viviendo en tu-mi Italia. Me resuena mucho esto que cuentas» La elección como instrumento de crecimiento» Quiero pensarlo un rato

  11. Estimado Sergio, si bien el personaje que describes no lo conocía, su nombre no llegó a este lado de la cordillera, a esta cornisa que casi se cae al mar, me siento muy conmovido con tu relato. El tema de «la patria», o como lo llamaba Benjamín Carrión: «el cuento de la patria», es algo que me ha tensionado. Eso tiene que ver con haber crecido en la dictadura patriotera chilena, con sus siniestras ceremonias cívico-militares-eclesiásticas, y creo que ya no ha reconciliación posible allí.
    Tremenda la frase con la cierras tu crónica… hay ordenes que no deben cumplirse… algo en lo cual nuestro viejo conocido Baruch estaría totalmente de acuerdo.
    Abrazo.

    1. Estimado Braulio, primero quiero decirte que me alegra enormemente que te hayas tomado el tiempo de leerme y dejar estas palabras aquí. Hoy estaba charlando con mi mujer sobre nuestra hija adolescente (tiene 20 años), mientras hablaba algo me vino a la cabeza. Creo que estas generaciones tienen otros registros sobre su estancia en esta tierra. No creo que Patria sea parte de su vocabulario. En cambio a mi, como a vos, ese concepto ha ido habitando nuestros pensamientos, nuestras reuniones, nuestros sueños. Que alegría me ha dado que pienses que Spinoza concordaría. Cada día que pasa voy visitando al holandes y voy aprendiendo a conocerlo un poco más. Abrazo

  12. Tu relato de viernes, llegó un domingo y lo abrí un lunes… Realismo mágico de estos tiempos.
    Por lo general a las corridas veo los mail, pero tuve la necesidad de abrirlo, leerlo y ahora de hacerte saber que muchas fibras se activaron, y no solo de la «cabeza para abajo» (ya que volví en el tiempo a: una casa, una mesa, un tv blanco y negro; pero sobre todo a una sensación de infancia con papa, mama y hermanxs). Se activaron los cinco sentidos.
    Después me dieron ganas de recordar más, y alienta mi necesidad de escribir lo que fue, lo que es, lo que creo que voy creando para lo que será…
    Amo a García Marquez y «El otoño del patriarca», no lo leí (próxima lectura obligatoria!).
    Me quedo con preguntas (y eso es tan incómodo como necesario) y tratando de apropiarme de esta frase: «la patria solo puede ser el lugar donde yo pueda ser libre». Gracias

  13. Sergi querido amigo compañero!! Que placer leer tu relato, recordarme en encuentros y extensas conversas en las Lomas de Zamora y Banfield, tanta vida y arte compartidas…
    Emocionante…en tiempos de la realización de «Juguemos con el Sol, juguemos con la Luna», soliamos encontrarnos con Guillermo Magrassi, y esas charlas duraban tiempos de eternidad y apasionamiento…nos dió tanto material, nos introdujo en espacios y tiempos de los que no hemos podido alejarnos nunca, de la Antropología a la Magia, al futbol…Inmenso Guillermo.
    Gracias Queridisimo Sergio!!

    1. Mira vos Perla. Entonces Guillermo estuvo de la mano de los Diablomundo!!! Evidentemente fue un ser muy necesario para muchos de nosotros, y otro de los olvidados por los mandamases de turno.

  14. Querido, emocionante tu texto! recuerdo aquel programa y la seriedad de Magrassi! Te mando un gran abrazo!
    Y no deje de ser libre, escribiendo

  15. Querido Sergio, que alegria y que gusto poder leerte. Hacia tiempo que no tenia noticias y descubrir tu texto me lleno de alegria y emoción. Gracias por compartirlo, yo no conoci ni escuche hablar de Magrassi, es un placer de descubrir al personaje descrito por ti, hermoso relato.
    Me guardo las frases que escribes y que me parecen muy justas: Esta es mi patria, así yo me siento libre y No hay que hacer lo que no debe hacerse.
    Un gran abrazo y hasta nuestro proximo encuentro.

    1. Hola Mildred, que lindo que me hayas escrito, porque justamente había estado pensando en ti hace unos días. Como veras estoy compartiendo mis relatos todos los viernes. Así que el viernes tendrás otro cuento

  16. ¡Muchas gracias, Sergio, por compartir este relato de tu autoría! Recuerdo a Magrassi en la televisión. Tu escrito me llevó -como un viaje imparable- al recuerdo de otra época, otros programas, otro mundo que dejó huellas imborrables en lo que hoy somos. También nos constituye que pasó y hoy recordamos. Y, en ese sentido, hay palabras y personas que nos marcaron una ruta profunda en la decisión de ser libres.
    Un abrazo.
    Norma

  17. Qué hermoso saberte cerca, querido Sergio, me quedo ingratamente agarrada a los conceptos de patria, a ese disgusto sobre la ciudad donde le toca vivir a uno, a eso de «La patria sólo puede ser el lugar donde uno puede ser libre» Y casi no poder sentirse libre en ningún lado. De alguna manera, estos ciudadanos del mundo. Me encantó tu texto y, que espero que me acompañe como lo hace desde mi repisa… «El pintor de la Bóveda de Perón». Un abrazo !

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