Escritor, cineasta, actor, director, formador

Lo Celular

por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Eucariota o procariota, Que núcleo, que protoplasma, que ADN.  Si querés entender la vida, tenés que entender lo celular. Si no lo entendés comprate uno. Lo único importante que debes hacer en este tiempo no es entender lo celular, es comprarlo.  No es estudiar la célula. Es comprarte un celular. Y es verdad. Hasta donde se sabe: nadie puede vivir sin un celular. En mi caso estoy muerto. Por segunda vez en mi vida soy un muerto. A mi padre se le ocurrió apodarme de esa manera porque, según él, parecía uno. Sos un muerto. Durante un largo tiempo guardé un dolor inmenso por ese desprecio. No sé si un día fruto de su reflexión se retractó y pasó de decirme Muerto a decirme Tomuer. Fue un avance. Igual escucharlo me ponía colorado. Lo hacía delante de mis amigos.  Supongo que eso me puso a prueba. Tenía 10 años y eso me ayudó a dejar de creer en él, pero el hecho de que algún amigo escuchara la opinión de mi padre sobre mí me producía cierto escozor. En un momento se olvidó. Creo. Hace 25 años cuando me fui de mi casa, alquilé un departamento donde pude empezar a conocerme profundamente. En el silencio de mi casa me encontré por primera vez conmigo en la soledad y fue muy hermoso. De ahí en adelante he elegido la soledad insistentemente. Me encanta estar solo. Son curiosas ciertas cosas de la vida. Elegir cualquier cosa que no sea lo que elige la mayoría es tomado como los otros como una afrenta. Como una provocación. Lo he vivido varias veces en mi vida, por lo tanto estoy acostumbrado a convivir con ello. En ese tiempo mis mejores amigos me reunieron para regalarme algo que, según ellos, estaba necesitando. Yo estudiaba cine y pensé que me iban a regalar una cámara, pero no era así. Querían regalarme una televisión. No me gusta, les expliqué. No la uso. Si estudias cine la necesitas. Les dije que una televisión no era un cine. Lo tomaron como una provocación nueva.  No les alcanzaba para tanto. Lo cierto es que a lo largo de mi vida en diferentes ocasiones me han regalado una televisión que rechacé. En función de elegir viajar viví durante 12 años en diferentes culturas tengo años de historias para contar, sin embargo una de las más divertidas fue cuando me explicaron que iba a arruinarle la vida a mi hija si crecía sin televisión. Yo, como todo buen padre, le arruiné la vida a mi hija. No fue por apenas eso. Algunos de ellos puede que hayan hecho todo mejor que yo, pero no creo que tenga que ver con haberles puesto una televisión en el cuarto.Todos mi amigos criaron a sus hijos con una televisión pero en todos los casos sus hijos, al igual que yo, la rechazan. Sus hijos han ido a lo mínimo, a la mínima expresión de la vida y cotidianamente se los ve atrapados en lo celular. Algunos de ellos me lo comparten con cierta amargura, hasta que recuerdan que yo no tengo y emprenden la lucha para que yo tenga uno. En ese momento se olvidan de sus hijas y me quieren convencer que mi lucha no tiene sentido. Incluso me han regalado alguno. Diga lo que yo diga ellos no comprenden que no estoy luchando. No luché para no tener televisión. Y tampoco lucho contra el celular. Esa no es mi lucha. Mi lucha tiene que ver con conocerme. Con tratar de encontrar ciertos silencios que me permitan, por ejemplo, escribir esto de una manera que se transforme en un espejo inteligente, donde yo me vea, me entienda y pueda comunicarme conmigo y con otros y donde también alguien pueda verse. Lo que hago es muy raro. La idea es que entrar en mi silencio me permita entrar en el silencio de los demás no forma parte del algoritmo. ¿O si?  Lo que quiero decir es que: que vos me estes leyendo en tu celular o en tu compu, que te entusiasme lo que escribo o como lo hago y que por un momento te olvides del mundo y que al final te permita volver al mundo de una manera distinta ha sido siempre mi desafío. Vos sos único, yo soy único. En el momento que me estás leyendo estamos yo y vos. Envío un texto a tres mil personas cada viernes. Jamás lo han leído más de ciento veinte. El promedio del último tiempo es cincuenta. Este texto lo leés vos y otras cuarenta y nueve personas. Vos sos una de los cincuenta que me lee, a veces concordás otras no. A veces te emociono. Otras te provoco. Hoy por ejemplo. A veces decís que vas a leerme después y después no llega nunca. Más de una vez alguien se acerca a hablarme del algoritmo. Si vos publicás todos los días, si vos producís cada tanto tiempo exacto, si vos invertís este dinero. Escucho y después no lo hago. No me sale. No es mi lucha. Yo te escribo porque me escribo. Ese es mi algoritmo. Estoy siendo así: que alguien lea, se entusiasme y se olvide de todo el mundo, nunca ha sido algo viral. Escribir este texto en general me lleva unos 4 días. Hacerlo me cuesta mucho.  Cambió de idea mucho y al final decido otra cosa. Todo lo que hago es así: lento. Soy un muerto. Mi padre tení razón. Tardo demasiado en hacer cualquier cosa. El mercado me pasa por arriba. Acaba con los lentos. Con los que no tienen celular. Cuando alguien me dice algo, lo pienso antes de responder. Me gusta leer. Me encanta leer, porque leer es algo que uno hace a su tiempo. No me gusta tampoco que me apuren, soy como una tortuga. Voy lento. Pero la fábula de la tortuga y la liebre me cabe al dedillo porque he ido lejos. Actualmente sigo haciendo cosas que algunos creen increíbles. ¿Cómo hiciste eso sin un celular? me preguntan. Les cuento una. En el año 1998, una persona me dijo que su madre podría indicarme lo que estaba buscando. Yo estaba obsesionado con conocer la Folía de Reis. Una fiesta tradicional de Minas Gerais. Quería ver y escuchar un grupo que cantara lo que yo escuché cantar a Milton Nascimento. Mi mamá, me dijo, vive en Perdoes, un pueblito del interior de Minas Gerais. Ahí vas a ver la Folía que no sale en la tele. Andá hasta allá y busca a Angela, ella te va a guiar. Tomate un ómnibus bajate en Perdoes y preguntá por Angela.

Cuando este tipo me dijo esto, me imaginé que me hablaba de un pueblo de 300 habitantes donde vivía solo una Angela. Fui. El chofer me preguntó si quería bajarme en la entrada, en el medio o en la salida. Le dije que en el medio. Perdoes tenía al menos cien mil habitantes y quinientas Angela. Estuve horas caminando y hablando con gente. No sabés el apellido. No lo sabía, solo sabía que el hijo se llamaba Lelo. Al cabo de tres horas  la encontré, porque di, en un bar, con el dueño de una funeraria. El sabía todos de los muertos y de algunos vivos. Dos días después, gracias a Angela, vi en una favela uno de  los eventos de la cultura popular más increíble que vi en toda mi vida. No puedo sacarme la imagen de la cabeza. Con el celular hubieras tardado un minuto en encontrarla, la hubieras fotografiado. Es cierto, pero no hubiera conocido a Batata, el dueño de la funeraria que me llevó en un Volksvagen a la casa de catorce Angelas hasta que encontramos  a la madre de Lelo. Además: no tendría esta historia. Vivir historias y contarlas es algo que le hace bien a mis células, Es algo celular que se alegra.
Mis hijas tienen. Se los han regalado. Están casi siempre con ellos. A mí me parece increíble el celular, es una herramienta fabulosa, es increíble como me las quita. Caen allí a veces y es difícil sacarlas. Sus contemporáneas, hacen lo mismo. Están siempre dentro. Estás generaciones no tienen celular, en realidad el celular las tiene a ellas.  No pueden dejarlo nunca. Siempre los llama y les susurra: No hagas nada que te impida alejarte de mí. Les susurra yo no soy un teléfono celular soy solo un celular, algo primitivo y fundamental en tu vida, pero no me uses si alguien te llama. Yo soy el fundamento de tu existencia.
Hoy al mediodía, por eso tardé en escribir este texto, mi hija pequeña había organizado con sus amigas ir al cine. Lo hicieron por celular. Treinta minutos antes del encuentro algunas desistieron. Les aparecieron cumpleaños, fiebre, problemas con los padres, otras comenzaron a clavar el visto y no respondieron. Mientras mi hija se bañaba y se preparaba para ir, algunas comenzaron a decir que tenían otras cosas. Y las que sí podían escribieron que si no iban todas, entonces tal vez lo dejaban para otro día. Una nunca respondió. Existía la posibilidad que hubiera salido y se hubiera quedado sin datos.  La que se quedó chateando sola se enojó porque mi hija no respondía los mensajes mientras se bañaba. Al final ella también desistió. Como existía la posibilidad que la que no respondía allá ido nos subimos al auto con la esperanza de que en el punto de encuentro esté aquella chica que no había respondido. Pero no estaba. Nos volvimos sin ver que alguien comentara algo, debían haberse ido a otro lugar del celular. Ellas organizaron por celular y cancelaron por celular. Me explican algunos que esto es para lo que sirve el celular. Para dejar para después. Para avisar que uno no va. Que uno no puede. Sirve para no responder el teléfono que suena. El celular sirve para perderse. Tal vez yo necesite uno, a mí me encanta perderme. Ya lo expliqué más arriba en este texto. Entro a escribir y me pierdo. Tenía una idea pero mi mente va viajando mientras mis dedos teclean una máquina que acepta algo más que pulgares. Ya vas a caer Mercurio, me dicen, tu lucha está perdida. No sé que les hace pensar que estoy luchando. Simplemente aun no he sentido un llamado celular para tener uno.  Conocí hace muy poco un tipo que tenía  tres. El número uno era exclusivo del trabajo, pero conducía y atendía  los mensajes que le llegaban al número 3, con el que hablaba con su mujer.  El número dos, los leía  y respondía por audio y las del número uno las veía y maldecía, sin grabar nada, a veces solo reía y comentaba. En un viaje que hice con él, estuvo atento a los tres  durante cuatro horas. Yo temblaba. Ponía uno en un bolsillo, otro en un artefacto que sirve para eso y el tercero entre las piernas ¿Qué me decías? Me dijo una vez en una curva. Nada. Abrí mi cuaderno y escribí puede que hoy muera por causa de un pelotudo. Ésta hubiera sido la vencida. La muerte del muerto. Dice un amigo que mi lápida dirá: murió sin tener celular. Como todos, un día tendré realmente un problema celular y llegará mi muerte, me da curiosidad saber si en ese tiempo se enteraran gracias a tener uno. Supongo que sí.  Es inevitable. Vino para quedarse. Desconozco si en ese tiempo la manera de usarlo cambie. Si la relación entre la vida y el celular será o no aun más estrecha. En todo caso me alegrará estar muerto y no saber que hubo una gran cantidad, que yo consideré mis amigos, que se limitarán a clavar el visto.

24 comentarios

  1. Texto que invita a reflexionar. Considero que formo parte de una generación «bisagra» con respecto a lo tecnológico. Porque soy de los que jugaban a la pelota en la calle hasta las 9 de la noche pero también de los que empezaron a jugar al Family o al Sega (y más tarde con la compu). Tengo en mi haber una anécdota noventosa donde mi mejor amigo de la secundaria y yo arreglamos para ir al cine y nunca nos encontramos (arreglamos para ver la misma película a la misma hora, pero uno fue al cine del shopping de Adrogué y el otro al del Alto Avellaneda. Recién nos enteramos el lunes hablando en el colegio del por qué del desencuentro…).
    Entonces pensaba: cómo nos cambió la cabeza, cómo nos cambió la percepción del tiempo… hoy no tendríamos la paciencia de esperar hasta el lunes para saber por qué no nos encontramos… y hoy, tal vez, hasta hubiéramos cancelado antes de salir… (haber salido al encuentro de mi amigo hizo que, por lo menos, y a pesar de no haber podido disfrutar de su compañía, me quede igual a ver la película).
    ¡Cómo no vamos a tener ansiedad! Cómo no vamos a querer controlarlo todo si justamente el celular nos dice «tocá acá y vas, tocá acá y cancelás», «mirá el menú, elegí, pagá y llega a tu puerta»… pero después, cuando te das cuenta que en la vida no hay casi nada, de lo verdaderamente importante, que puedas controlar a tu antojo, ¡ay! Ahí sí que se viene la noche. Gracias por la invitación, conciente o no, de hacer reflexionar sobre esto. Yo soy uno de los 50 que lee. A veces comento porque me interpela, otras veces simplemente leo. A veces me emociono, a veces no tanto. A veces comento debajo, a veces no. Pero siempre leo, porque considero valioso el trabajo de quien escribe y encauza la pulsión y el talento hacia una búsqueda genuina.

    1. Fer, que hermoso que te hayas detenido a contar. Mientras te leía, creí recordar que eso me había pasado a mi también. No sè. Pero instantáneamente me vinieron un montón de historias maravillosas gracias a no tener celular. Encuentros profundos, emocionantes. Cosas que sucedieron mientras esperaba a alguien. Muchas cosas me sucedieron esperando.Qué lindo que me cuentes el modo en que me lees. Me alegra.

  2. Sergio, siempre me sorprendo con tus textos de apariencia tan espontáneos!!! Como la vida misma el celular es parte de nuestras vidas, y las generaciones que ya nacieron con él lo ven tan diferente a nosotros. Yo lo incorporé ya avanzada su presencia en la cultura cotidiana. Es útil, me comunica, me ayudó mientras trabajaba.
    A veces lo dejo por horas, pero surgen situaciones porque te enviaron algo importante y no lo leíste. Lo que no entiendo es porqué no te laman al teléfono fijo si era tan importante.
    Y así vamos, con muchos aparatos y poco tiempo. Es importante tomarse tiempo para reflexionar y decidir cómo vamos a actuar, quién manda a quién.
    Gracias.

  3. A mi me encanta hacer parte de los 50. Más aún hacer parte de los que frecuentan la casa de Mercurio mismo morando tan lejos. A mi me encanta más. Cruzar un túnel con Mercurio en el corazón de la mata atlántica. Y tener esa amistad celular, mismo que él no tenga celular…

  4. Mori con tu texto. El enfoque de la desconexión que provoca el dispositivo que nos conecta es desesperanzador. El encuentro con uno mismo y luego con los demás es urgente y parece que vamos en sentido contratio.
    Clavar visto se dejó de Interprear y paso a ser una dolorosa tristeza. Clavar visto es clavar visto….

      1. No es ,se olvido , capaz te quiso responder y le surgió un problema, te leyó y se le acabo la batería, etc. El clavado secsiente clavado y punto. No hay interpretaciones . Eso. Se vive como desprecio. Ahora hay una nueva ola que es sacar de la configuración lacomprobacion de leído lo cual evita justamente eso. Nunca se sabe si leyó. El tilde queda gris. Los muy requeridos ensucian trabajo para sentirse hostigados lo hacen . Se entiende?

  5. Hola! 1ra vez que te leo! (Seré la nro 51?) Resulta que este mail no lo uso mucho y ya estaba cancelando suscripción… y me enganché con el texto, pensé que era ficción y resultó que no… no tengo tele pero si celular, desde que lo tenemos con mi hija sufrimos tres asaltos para robarnos el celular, en distintas oportunidades y un intento fallido de robo de celular hace unos días, en el que me jugué a decir que no tenía celular porque me lo habían robado hace poco y parece que me creyó el «choro», como les decimos acá, el caso es que sigo con mi celular por ahora. Gracias por el texto!

  6. Lindo texto, lleno de nuevas formas de ver lo que ya se está convertiendo en viejo. Me hizo pensar muchas cosas cosas. Yo tampoco tengo tele, más bien sí, pero no la uso. Tengo la tele que mi papá llevo a la casa después del terremoto del 76. Esa tele allí apagada y tan lejos de mi, sigue transmitiendo tanto. Sin quitarme tiempo me transimte más que el celular, que sí me quita tiempo y muchas veces no me transmite nada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Se agradece compartir

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Más relatos de viernes

Portada último
Sergio Mercurio

El Algoritmo

Ustedes se imaginan la escena de Darín, en la ferretería, contando siete mil tornillos, en romano. No sucedió de a poco. De un día al

Seguir leyendo »

PODCAST: Echado de la librería