Escritor, cineasta, actor, director, formador

Con respecto a «Un lugar en el Mundo» de Aristarain

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Hace 28 años que vengo pensando en esto. Me llama la atención el silencio.  Ayer vi por tercera o cuarta vez la película de Adolfo Aristarain “Un lugar en el mundo”, quería volver a ver la escena que quema la lana. Quería saber que pienso al respecto. Y la escena me dejó en el mismo lugar que hace 30 años. Desolado. No sé qué pienso. Advertí sin embargo que hoy podía buscar refugio en la filosofía y desde ayer a la noche estoy buscando. La quema de la lana es el fruto de un complejo entramado de pensamientos sobre la ética y la moral de un hombre que se ha pensado como parte de un todo al que primero quiere salvar y finalmente decide arruinar. Solo para llegar al punto aclaro que la película cuenta la historia de una familia que luego de exiliarse en España a raíz de la dictadura, se refugia en el valle del Rio Bermejo. Para aquellos que tuvimos un poco de imágenes de este país, identificamos que se fueron a Merlo en San Luis, cosa que siempre quería mi abuelo. La familia de la trama está constituida por Mario que después de haber sido profesor de la UBA elige transformarse allí en un maestro Rural, la madre es la médica del poblado y cierra la familia Ernesto que va a ser quien cuenta la historia, un niño de 11 años.  A mí me parece que si no es la mejor película de Aristarain, le pega en el palo, si no es una de las mejores películas argentinas de la historia pienso defenderla a las piñas.  De hecho, eso es un poco el asunto que me perturba. El que no haya medias tintas para tratar un asunto tan crucial. El hecho de no buscar agradar.  Mario agrupó a los pequeños productores de lana. El tipo que azota la comunidad se llama Zanabria o algo así, y sabiéndose con resto económico viene jodiendo a todo el mundo hasta que Mario los organiza y le desarma el feudo. En el momento que está comenzando la peli, Mario está reunido y convence a los demás que hay que aguantar juntos para que el precio de la lana mejore porque los están tratando de extorsionar sabiendo que no tienen resto y quieren comprarle la lana por chaucha y palito. El decorrer de la historia nos permitiría ver un montón de relatos intrincados, y muy poco maniqueístas, con diálogos memorables y una actuación potentísima de todo el elenco, donde el nudo del asunto se trata de que los españoles preparan el terreno para construir una represa en el valle, por lo que el caudillo local va a comprar los terrenos a los pobladores para después recuperar el doble vendiéndole los mismos a los españoles. Zanabria, Zanata o Zaraza, va horadando el tejido social, llamando de a uno a los cooperativistas y comprándole sus terrenos hasta que Mario demasiado tarde se entera. Pero no solo de eso se entera tarde sino que llega a una reunión donde los integrantes de la cooperativa quieren convencerlo de no aguantar más y vender la lana. Cuando votan Mario se da cuenta la verdad, todos ya la han vendido. La reunión es una pantomima. Nada puede ser peor. Sobre todo para quien mira la peli, porque vemos que Mario no solo no pudo ver que los cooperativistas les estaban dando la espalda, tampoco puede ver como su mujer mira al geólogo español. Es decir, Mario no puede ver un montón de cosas. El que creía ver el futuro no ve el presente. Esa noche, ante el advenimiento de la desolación, en medio de la lluvia Mario monta su caballo y se dirige al depósito. Su hijo Ernesto lo sigue para ver una de las escenas más inquietantes que he visto en el cine en toda mi vida. Ernesto junto a la monja del pueblo ve a su padre que con una antorcha está incendiando el depósito donde toda la lana de la cooperativa que acabó de ser vendida está ardiendo. La escena es espeluznante. Mario arroja la antorcha, vuelve sobre sus pasos, se acomoda junto a su hijo y dice “ya vas a entender”. Un silencio después agregará “ahora se volvieron a quedar sin nada”.  Ese es el momento que me perturba, esa acción. Hemos ya escuchado la frase “quemar las naves” esa expresión que indica que no hay vuelta atrás, que no habrá  manera de considerar ciertas variables. Lo que me parece valiente de Aristarain es atreverse a contar ese acontecimiento de una manera totalmente desinvadida de moralejas. Volví a verla ayer y vuelvo a estar igual. La sensación es parecida a la que uno siente cuando en “La Patagonia Rebelde” Soto habla con el alemán anarquista. Recordemos que el alemán elige morir fusilado porque eso voto la asamblea entonces Soto elige vivir y escapa. ¿Quién hizo lo correcto?  Uno puede llegar a concluir que los dos actuaron adecuadamente. Pero en el caso de la película de Aristarain no es tan fácil. En el caso de Un Lugar en el Mundo, la desolación en la que el espectador se encuentra es abismal. Pensaba yo, que 20 años después iba a tener un parecer definitivo con respecto a eso y no es así. Hace unos años en un encuentro de filósofos Spinozistas en Chile escuché una ponencia de una filósofa Patagónica que me hizo recordar esa escena y traté de comentárselo para que me de su opinión pero no pude encontrarla.  Ayer cuándo pasaba la escena, sentí además la sensación de haber vivido eso ya otras veces, pero no recuerdo ninguna.  En el acto de Mario está el impulso irrefrenable del que se siente traicionado.  Tal vez sea eso la naturaleza de lo que trata la escena, cuando los cooperativistas traicionan a Mario, Mario los traiciona. Solo recuerdo un acto parecido que hemos vivido los argentinos pero de manera inversa. lo hizo Alfonsin, el para unos paladín de la democracia, se vio perturbado por tomas de militares en distintos cuarteles del país, entonces sin su pedido, la gente, que en la película son los cooperativistas de lana, invadieron la plaza de mayo para brindarle apoyo incondicional al presidente, para decirles que estaban con él  y que podía enfrentar a los militares sabiendo que contaba con ese apoyo. Alfonsín realizó entonces una de las traiciones más ejemplares de la historia,  se encaramó en la casa de gobierno para pedir que todos vuelvan a sus casas ya que ese asunto los estaba tratando él  con héroes de Malvinas.  Lo que sucedió en la realidad es lo contrario de la película.  Yo tenía 20 años cuando esto pasó en el país y detesto a ese presidente desde ese momento. Claro que la edad me permite ver ese acontecimiento de diferentes modos e incluso puedo llegar a vislumbrar que tal vez con esa actitud evitó una masacre. En la película sucede lo inverso, la gente traiciona a su representante y este sin dudar quema todo para volver a empezar de cero. A priori, me es inevitable pensar que tanto lo que se cuenta en la película como lo que hizo el radical son cosas inadecuadas. Y me es inevitable pensar que no había una mejor solución para la gran mayoría en ambos casos. Al menos yo pienso eso. En lo de Alfonsín la bronca perdura, en el caso de la película, me siento interpelado por una magnifica historia y esto me obliga a reflexionar y confirmar que la vida real es impensada, es inédita, es complicada, las decisiones serán siempre difíciles, y que la tribu de los que tienen respuestas para todos y cada momento de la historia son los seres que cada vez me parecen más, pero más, extraños. Es allí donde me viene un profundo agradecimiento. He pasado casi 20 años con un asunto filosófico en mi cabeza, de ahí me viene el agradecimiento a Aristarain, por una obra impecable, y por el coraje de haber contado esto a menos de 10 años de democracia. Puede alguien esgrimir que no llego a plantear ni a resolver nada. A modo de respuesta recuerdo una escena del film, es cuando Mario le cuenta a su hijo que más allá de haber fracasado, su vida continúa  y que él y su madre deberán migrar a Buenos Aires. Entonces el hijo, rapidamente, desde sus once años le afirma que él no se quiere irse de allí.  Aquí empieza el cine,  ese enorme actor que era Federico Luppi, hace unos de los silencios más fantásticos del cine argentino, puede que mueva los párpados, pero para todos nos es inevitable saber que está pensando millones de cosas, y mientras parece que van a aguarse los ojos, con una ternura que solo un padre sin respuestas tiene para un hijo que está desolado ante el porvenir, porque sabe lo que quiere pero no puede elegirlo, ese actor le regala a ese padre la actitud de un hombre desolado, sin capacidad de protección, sin respuestas, un padre que mira por primera vez a su hijo como un igual y en voz baja deja escapar  un “ya lo sé”, que quiere decir un montón de otras cosas que son impronunciables pero llenan nuestro corazón. Sabremos después, que el corazón del maestro rural estallará y que la migración de la madre y el niño será inevitable.  La historia, dije al comienzo, es la de un niño que ya joven regresa y va hasta el cementerio para hablar con su padre y preguntarle una de las preguntas que cualquier ser humano quisiera que un padre pueda ayudarnos a responder y que consiste en saber cómo uno puede encontrar su lugar en el mundo. Encontrar nuestro lugar. Yo ignoro, cuan popular era la expresión “mi lugar en el mundo” al comienzo de los años noventa, pero desde esa película empezó a formar parte de mi universo interior. De hecho a partir de allí vagué por América más de una decena de años, busqué y encontré mi lugar en el mundo varias veces. Muchas veces fueron lugares físicos, pero un día lo invisible comenzó a formar parte de mi vida y finalmente se instaló indudable. Hoy estoy allí y le agradezco a esa película la motivación memorable. Mi lugar en el mundo está aquí por ejemplo, en estas letras. 

 

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