Escritor, cineasta, actor, director, formador

El Llamado de Don Juan

por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

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Hace 35 años, Mariano me dio el libro de Don Juan. Como siempre ha hecho, se acercó a mi vida para darme algo que iba a cambiarme. Leí “las enseñanzas…” en la primera casa donde viví solo. En el silencio de ese espacio fui Castaneda, un ignorante blanco frente a un brujo, un atolondrado preguntador frente al conocimiento. “Las enseñanzas de Don Juan”, un libro pequeño, fue el primero que intervení, subrayándolo, antes de aprenderme de memoria los cuatro enemigos del hombre de conocimiento. Yo quería vivir algo parecido y hallar un camino con corazón. Supe entonces que iba a tener un aliado detrás, asustando. El imaginario de Don Juan comenzó a ser parte concreta de mis veinte años. Soñaba estar frente a un chamán. Ser guiado, reír, volar y reír, saltar kilómetros en el desierto, tirarme pedos y reír más. Mientras leía los siete libros que Mariano me recomendó, les fui llenando la cabeza a Hernán y Oveja. En un verano, con Hernán, íbamos rebotando por distintos lugares, hasta que en una calle, encontramos un tipo, sentado en la puerta de su casa: leyendo.

¿Qué lugar para conocer le indicarías a alguien que le gusta ese libro?

El tipo levantó la vista y dijo: Tienen que ir a San Marcos Sierras y ahí tenés que buscar una hostería que no funciona más pero que tiene un palo borracho en la puerta. Fuimos. Y la encontramos. Era el año 89. Caminamos por la parra y golpeamos las manos, Doña Elvira nos llevó a un cuarto y nos señaló unas camas. Al rato estábamos en la cocina. Esta historia comienza cuando en la cocina entra un viejo.

Tenía el pelo blanco y nariz aguileña, se sentó en cualquier lugar de la mesa y su gravedad se hizo voz. Nunca más salimos de esa cocina. Las historias se sucedían, una tras otra, se mezclaban las de duendes, extraterrestres y poetas. La cocina recibía seres muy distintos pero al salir todos pertenecían al mismo lugar del mundo. Estar en San Marcos Sierra era haber ido a un lugar misterioso de este país. Mentira. No era el lugar, era esa casa. Allí había otras cosas, el asunto estaba en la vieja hostería exactamente en la cocina y con el escritor Santiagueño. Esa cocina era un Aleph, no importaba el asunto, todo era una coincidencia. Se hablara de lo que se hablara todos y cada uno, en algún momento, se sentían identificados. Una mañana, una mujer gigante y rubia entró y comenzó a hacer un guiso, sin intercambiar ninguna palabra con nadie. Me sentí invitado a recitar un poema de Tejada. Alguien me pidió información sobre el poeta y comenté las veces que lo había visto. Se preguntó si alguien sabía algo de él y entonces la mujer dejó de picar cebolla y contó sobre los últimos años del poeta, de como ella lo cuidaba. Contó del día que Juan Manuel Serrat tocó la puerta de su casa y el se negó a recibirlo. Todo era mágico en ese lugar hasta que las historias dejaron de sorprenderme. Esa galería había sido el descanso del caballo de Atahualpa, en ese zaguán cantó y trasnochó La Negra. Recuerdo que hacía unos pocos meses la película «El lado oscuro del corazón» había puesto presente los poemas de Oliverio Girondo, yo me había aprendido el que se habían aprendido todos y lo estaba recitando cuando Moisés relató su relación con Oliverio, su actitud de dandy y su corazón de pájaro. Al hacerlo una chapa del techo se rompió y cayó un nido con un pichón vivo. Todos saltaron de sus asientos y yo parafraseé a Don Juan diciendo que el techo estaba de acuerdo. Cuando el vino se secó, Moisés me pidió que lo acompañe. Yo había empezado a calcular la edad en que Moisés podría haber conocido a Oliverio y las fechas no cerraban. Lo acompañé hasta el cuarto pero antes de dormirse quiso regalarme uno de sus libros, en la biblioteca, mientras trataba de agarrarlo, la mano lo traicionó y tiró varios. Al juntarlos tomé del piso una fotografía en blanco y negro. Como sabía que había caído de algún libro se la mostré. Acá estoy con Oliverio, me dijo. El palo Borracho contenía todo lo que a mí me importaba. Cada año volvíamos y todo se repetía. Todo era así en ese lugar, era todo tan intenso que si quería escapar el flujo era el mismo, como el día que salimos a tomar algo a el piano bar, y primero encontramos dos seres que destrozaban una película de Eisenstein mientras jugaban al ajedrez. Pedimos una gaseosa cuando entró, un flaco destartalado con una zapatillas Flecha, se sentó al piano y tocó despeinado la balada para un loco. Todo era asì. Al volver a la casa Moisés Carol profundizaba las historias anteriores. Con el tiempo, en nuestro imaginario crecía La Salamanca, la gruta en el desierto Santiagueño donde habita el diablo, ayudado por la poca luz, y la gravedad del vino, Moisés afirmaba conocer ciertos seres que la buscaban. Pero al diablo le tentaban solo ciertas almas. Uno pide y él da, si va a ser beneficiado. Pero no es fácil tentar al diablo. Hay que seducirlo. Una noche de historias, alguien que vino habló de un bailarín que había entrado a la salamanca y había desafiado al diablo a bailar la chacarera. A este le gustó el enfrentamiento y danzó. Dijo, el que contó esta historia, que el tipo había maravillado al diablo, que lo había vencido y al salir de allí iba a maravillar al mundo. Olvidé esa historia totalmente hasta que, una noche, unos años después en una peña, un bailarín santiagueño me obnubiló, me dejó boquiabierto y al terminar su rito, bajó del escenario y pasó por entre los presentes esquivando a todos, como un río que no necesita excusas. Al llegar a mi lado se apoyó en mi hombro y desapareció. Eso sucedió hace unos 35 años. Aquí termina la segunda parte de esta historia.

El año pasado, durante el encierro, me propusieron la dirección de un espectáculo de danza, teatro y humor. La experiencia sucedía en internet pero se gestaría en Tilcara. Fueron nueve meses de descubrimiento. La historia de la obra trata de dos argentinos discriminados, que no tienen nada en común, uno es indígena y el otro autista, uno ha sido tocado por Michael Jackson y el otro por un bailarín folklórico santiagueño. Nada en común. Al finalizar el año viajé diez días y terminé la creación. En la historia le regalé al personaje indígena la historia que yo había vivido. A él le toca el hombro el bailarín que yo vi. A él lo cambia. Una vez sucedido el estreno nos reunimos y propuse que le dedicáramos la obra al bailarín de los montes. Fue entonces que tratamos de dar con él. Estaba vivo, y en Santiago del Estero, le envié un mensaje de voz explicándole que me gustaría que viaje a Jujuy a ver la obra. A la media hora una voz cavernosa me dijo: Hermano. Tuve que irme a otro estreno y no pude ver cuando Juan Saavedra subió a Jujuy y dijo que se sentía orgulloso de ocupar una historia de teatro junto al maestro Michael Jackson.
El domingo pasado, Juan y Lucho, los actores, viajaron a Santiago para llevar la obra. Aproveché la ocasión para viajar a encontrar a Juan Saavedra, conocerlo y comentarle que dedicarle la obra fue el modo en que encontré de apoyar mi mano en su hombro. Aquí es donde comienza el final de esta historia.

Pasamos, con mi familia, 6 días en Santiago. ¿Y cómo es? Un desierto. ¿Qué hay? Lo que hay en todo desierto. Gente con sed y las mejores historias de la humanidad. ¿Les suena un tal Jesús? Aun si es mentira es una gran historia, además y aquí está mi maldita opinión: Quièn nace en un desierto puede aprender solo una cosa: a ser una excelente compañía. Esa es la razón por la que sucede la confusión, los santiagueños creen que lo especial es Santiago del Estero. Nada más falso, lo especial son ellos. La noche que sucedió al estreno de la obra que creamos con los chicos de Tilcara, nos quedamos algunos pocos con Juan Saavedra y Carlos Suarez, quien en su momento fue el manager de Los Santiagueños, el grupo que Juan integró junto con Peteco Carabajal, Jacinto Piedra y María Ruiz. En una extraña noche fría, del lugar más caliente del mundo, mientas se cantaba, se bailaba, se hacía música, contando historias imposibles hubo algo que no estuvo dicho pero que fue practicado tal vez por el influjo mágico de Juan Saavedra. ¿Y que fue eso? Fue vivir intensamente la vida. Respirar y estar presente. Alegrarse. Creer en un más allá. Uno corto. El más allá que supone que después de la noche vendrá otro día, el más allá que supone que seguirá habiendo aire para todos. El más allá que presupone que los otros no son enemigos sino compañía. ¿Cuántas veces en nuestras vidas tenemos la plena sensación de no querer estar en otra lado?, con otros. Yo estoy escribiendo esto en mi casa. Recordarlo me hace volver a esa sensación inexplicable que da la alegría. La alegría de estar con otros sin competencia. Los que estuvimos allí esa noche en un momento fuimos llevados a querer compartir algo. Yo sentí algo muy fuerte que me hizo dar ganas de recitar un poema de Tejada. Igual que otra vez se me hundió el pecho, dije la primera frase y me olvidé el resto. Me quedé ciego. Juan me miró tiernamente y me dijo. Va a venir, va a venir. Somos iguales, todos nos olvidamos cosas importantes. Todos reímos. Bienvenido al club de los que se olvidan las letras. Me sentí tan a gusto en ese momento, que fue inevitable lo que después sucedió, sucedió el verdadero encuentro, Juan cantaba canciones que no sabía, y las partes olvidadas se tarareaban entre todos, fue algo así como el comienzo de un mundo. Titubeante y alegre, muy arriesgado. Nos despedimos infinitas veces, mirándonos a los ojos, abrazándonos. Eso fue el preámbulo de lo que iba a acontecer en el patio de Juan tres días después. Lo que sucedió, eso sí, no puedo contarlo. Aun me está llegando. No sé si un día podré. Solo quiero compartir que en la noche del patio de tierra de esa casa, después de doce horas de fiesta sentí que yo había llegado. A este mundo. A este planeta, y a esta tierra. Que había dado nuevamente con el camino con corazón, aquel de las enseñanzas. La tarde del día del amigo, en ese patio creí saber para dónde iba. Me dio mucha paz y alegría vivir con mi familia lo que había sucedido. En la penumbra de la noche me quedé solo con Juan y rememoré toda esta historia incluido el día que él me puso la mano en el hombro. Nos abrazamos riendo y me dijo verdades. Verdades duras dichas con alegría. Le dije que ese patio me había devuelto cierta confianza en mi vida, como artista. El me dijo entonces que mi camino tenía que llegar a ese patio pero que no era el final de nada. Era apenas un punto más. Pude haber ampliado que mi camino había vuelto a latir. Dos o tres veces nos abrazamos y besamos, riendo. Estamos juntos, repetía. Abracé a Juan Saavedra y le puse entonces la mano en su hombro, lo rodeé en abrazo, escruté sus ojos puma, contento. Ya estás aquí, me dijo, ya estás aquí, ahora lo sabès, ya podés saberlo, el día que puse la mano en tu hombro, te estaba llamando. Una estrella fugaz cruzo el cielo encandilada, los dos giramos la vista sabiendo que el cielo estaba de acuerdo. Te llamé y viniste, dijo, dejándome tonto y atolondrado. Yo pregunté entonces, cosas que Castaneda le pregunta a Don Juan. Eso me sucedió hace unos días,apenas. Ese fue mi encuentro con ese hombre que, ya en la puerta de los 79 años, es llamado de Juan, pero bien podría decírsele: Don Juan, puesto que puede que realmente haya entrado a la salamanca y salido bailando.

22 comentarios

  1. Gracias Sergio! Tuve el honor de tomar un taller de danza del Maestro y visitarlo en Santiago en 2002. Gracias por conectarme de nuevo con su magia y sus enseñanzas simples y profundas.

    1. Mira vos, lo que me contas. Ya me sorprendiste esa vez, en el taller Contando… cuando sacaste un capitán del espacio para tu cumpleaños. Ahora me llenas de curiosidad. Vas a tener que contarme esa experiencia.

  2. Caminos que reencuentran, abrazos y hombros como un llamado. Tu escribir nos toca el hombro. Qué alegría imaginarte tan confiado, ¡pleno! Gracias, Don Sergio.

  3. Cuánta sabiduría en el relato! Ayer, justamente, hablaba con una conocida, nos encontramos en un bus , de lo poco que nos dedicamos estos últimos tiempos a ver lo que dale del interior de cada uno. Hay tanto estímulo para cargarse de cosas innecesarias y estar en actividades tontas, que el hombre se vacía.
    Gracias

  4. El andar abre caminos;se ensancha el corazón y la mente, nuevos amigos, nuevos conocimiento; viejas verdades que no son; el repensar se hace tragedia que desde el fondo del humor se vuelve impulso. La búsqueda es una constante, le pasa al caminante y al que en una silla piensa. El tiempo hace lo suyo y todo llega. Me alegra que hayas encontrado o reencontrado una persona que aligera tu paso y regala su amistad con generosa disposición. A propósito, el vicio de la fantasía y la imaginación traidora que siempre me acecha hace que recuerde que yo también tuve un amigo con el mismo apellido, no somos nada. Ocurrió all´´a por el 1810, no había nacido tu abuelo, yo estaba ah´´i, merodeando la playa de mayo, cerca del Cabildo, charlamos largo rato y luego tuvo que entrar al Cabildo, lo estaban llamando para darle un puesto importante, el mismo apellido, pero le decían Cornelio. Abrazo patrio.

  5. Gracias Sergio…
    Este relato es mágico como muchos otros que nos regalaste..
    Que hermosa metáfora «la mano en el hombro»… inconmensurable…!
    Salú..!

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