Escritor, cineasta, actor, director, formador

Todavía

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Por Sergio Mercurio

¿Dónde está?
Lo traje envuelto en un trapo
¿Quién agarró el dedo de este señor?

Mi abuelo tenía la mayoría de los dedos cosidos, cada vez que mi abuela preparaba matambre, él no no podía dejar de mirarse. Las articulaciones de los dedos le andaban bastantes bien pero las falanges se movían como las ruedas de los cochecitos malos. Nunca lo escuche quejarse de algo. Si hablaba era para reír. Era también conocido como “el ronco”. Se empezó a quedar sordo no sé cuando. Mi abuela prefiero esto último para llamarlo. Le decía Sordo. Tuvo 4 hijas mujeres, que empezaron a hablar de lo mismo y al mismo tiempo hace más de 70 años y aun continúan.
A él siempre le llegaba el sol. Tal vez por eso reía. Desde la vereda lo veías que te observaba desde la ventana, siempre. Yo entraba, saluda a mi abuela, a mi tía y cuando me acercaba a él sonreía y roncaba algo que le causaba gracia a todos. Juan Larroza, parecía estar cómodo. Un día le pregunté de que se reía viendo por la ventana y dijo dos palabras “ me acuerdo”. Hablaba poco y si lo hacía enervaba a mi abuela que le saltaba encima con una cantidad de malas palabras y gritos que solo conocen aquellos que han vivido en una familia de verdad. Dos por tres se iba al patio donde tenía la mesa y las herramientas, era solo por paseo porque ya había construido de todo, dan fe los muebles de casi todas las casas de sus hijas: los roperos y las bibliotecas lo sobrevivieron. Su trabajo es inolvidable, tal vez haya ayudado que los muebles actuales; esos que se compran en los super; son muy accesibles pero duran un par de resfríos. En la casa de mi hermano y en la mi vieja, los muebles que hizo mi abuelo, siguen brillando en madera mientras los otros se curvan en amarillo ante una humedad imperceptible.
Me quedan dos momentos todavía. Yo ya era un joven cuando le pedí que me enseñe lo que sabía de carpintería. Se puso contento. Me esperaba, íbamos al patio, yo quería entender como se daba cuenta que una madera estaba torcida. Lo había visto miles de veces apuntar un listón hacia el cielo, cerrar un ojo, dilucidar una estrella imposible con su madera en alza y descubrir una curva que nadie había percibido. Después agarraba el cepillo que iba ajustando a martillazos y se paseaba por la madera hasta que  ésta ardía en biruta. Después lijaba serena y constantemente espolvoreando el suelo. Con mi abuelo aprendí el silencio. No trabajaba con la radio prendida, supongo que por su sordera. El primer encuentro que tuvimos me enseño a clavar y sacar clavos, a recuperarlos a martillazos, guardarlos en un pote para volver a usarlos, solo eso. La segunda me enseñó a cortar en la sierra eléctrica de la mesa sin perder los dedos. Pero según él, lo importante era hacer una escuadra. Si haces un cuadrado podes hacer todo, yo fui un mal alumno, de hecho no aprendí nada, solo me importaba estar con él. Esos pocos días que pasamos juntos me ayudaron a que suceda lo inesperado. Explicaba en voz ronca y baja, pero tenías que retrucarle alto, muy alto. Mi abuela no usaba esta técnica, directamente le gritaba. Cuando mis tías estaban juntas, “la casa de Bernarda Alba” era un griterío ensordecedor, empezaban con intimidades, desgañitar parientes, calcular los almuerzos y sobre todo no coincidir en cuestiones mínimas como por ejemplo si era mejor el huevo rojo o blanco. Mientras todas gritaban, mi abuelo, imperturbable miraba por la ventana y de vez en cuando sonreía. Entonces cuando el conflicto entre ellas era insalvable necesitaban del sordo para que desempate, y lo llamaban a los gritos, a no más de 40 centímetros, allí él se ponía la mano en la oreja y trataba de entender lo que decían. Pero mi familia recibió de todo geneticamente menos paciencia, entonces en un momento se aburrían, le dejaban de explicar el asunto que estaban discutiendo, volvían a los gritos y él a mirar por la ventana. La última tarde que fui a compartir su oficio sufrí un sobresalto inusitado, algo que jamás pensé que viviría y que no he contado. Él me estaba explicando como poner poner aserrín y cola en las juntas cuando yo le pregunté algo en el volumen que todos le hablábamos, entonces él me llamo hacía él y me dijo algo en el oído. Nos reímos casi una hora. Me acuerdo y me río.
No hay como recordar al ronco sin alegrarse. Ese viejo pícaro. Todavía puedo sentirlo mientras muchas cosas han dejado de quedarse, se han ido, se perdieron, se deshicieron, murieron de otra manera, sin dejar rastros. El, sin embargo, está aquí todavía.
El otro instante tiene que ver con las cosas que uno recuerda de su propia infancia, La mayoría son una construcción totalmente ficticia, a uno le han contado tantas veces algunos acontecimientos que es inevitable dudar si uno recuerda o ha puesto imágenes a los recuerdos de los otros para hacerlos propios. A mí me pasa eso con la mayoría de las cosas. Salvo con una.
Tengo tal vez 5 años, hemos viajado a Ushuaia a visitar a la familia que ha elegido el fin del mundo. Allá se fue el sordo. Armó su casa y más arriba de la San Martín compró un terreno para armar su carpintería. Sale de mañana vuelve al almuerzo y de tarde lo mismo. El verano en Ushuaia es perfecto, es largo, es claro, el sol es rey. Por días, mi abuelo tiene prendida la sierra y está cortando listones, yo le acompaño. Somos el uno para el otro, nadie necesita hablar de nada y sobrevivimos sin quejas. Igual sería imposible hablar con la sierra prendida. Ensordece. Los dos agradecíamos la sierra. Lo acompaño tomado de su mano ya reconstruida varias veces. Es fácil sentir las costuras. Al llegar a la carpintería me da los juguetes que cualquier niño necesita para construir el mundo: dos pedazos de madera inconexos. Me siento en el piso de tablas y olvido todo. El olor es imponente, esa memoria de árbol ensordece. En el verano de Ushuaia el sol tarda el cenit y es al mediodía que febo otea el horizonte. Esto que está pasando es la memoria más alegre de mi niñez, el sol entra por una ventana cuadrada de vidrio, el frío se ha ido y el sol atraviesa la carpintería dejando un claro oscuro que es invadido por el polvo que vuela ante una sierra que chilla, mi abuelo trabaja, yo estoy sentado al borde de una pila de aserrín . Lo que voy a hacer lo haré muy despacio, nunca seré alguien rápido, de acciones veloces, no seré lento tampoco, pero nunca seré veloz, demoro en tomar decisiones pero cuando las tomo voy a fondo, veinte años después me escribirá una carta que afirma eso. Es decir que el sordo, no escuchaba pero veía, en el asunto que relato primero me paro y lentamente me estoy inclinando hacia atrás mientras la luz del sol atraviesa trapezoidal la carpintería. Ha dividido el lugar dejando mi abuelo en una oscuridad, voy dejándome caer hacia atrás, tengo en las manos dos pedazos de madera que impedirán que mis manos absorban el golpe de la caída, estoy dejándome caer en una montaña de espuma de árbol. El olor invencible de la madera me penetra mientras cierro los ojos y me dejo. El aserrín me abraza. No sé si alguien me ha visto. Si el abuelo lo ha visto no va a decirlo jamás, nadie salvo yo mismo sabe lo que es vivir eso a los 5 años. He aprendido algo, si vivir es dejarse caer en una montaña de aserrín quiero vivir más tiempo para que de nuevo suceda. Ese polvo recibe y abraza a quien sea, no importa el tamaño. De pronto me despierto porque mi abuelo ha apagado la sierra. No tengo idea cuanto tiempo ha pasado pero me despierto en ese aroma. Abro los ojos y no digo absolutamente nada. Pero acabo de decidir algo, voy a continuar viviendo, aun sintiendo que este mundo al que me han traído es muy pero muy complejo. Este es el mundo de los hablan, de los que actúan, de los que deciden rápido y está lleno de gente que al parecer lo entiende todo, que sabe perfectamente como comportarse ante cada acontecimiento mientras yo observo perdido. Yo pienso, pienso, pienso y no se que hacer, entonces no hago nada, lo que hace que cada día que pase me encuentre más lejos de ser parte de esto. Incluso confirmaré esto cuando nazca mi hermano quien al parecer ha vuelto a este mundo porque anda muy relajado y desenvuelto. Pero hoy ha sido distinto, ha pasado algo. Hoy sentí algo que estoy contando por primera vez 47 años después. Sentí  el placer de la vida. Lo siento, y por momentos me prometo volver a hacerlo pero tengo resquemor de no sentir lo mismo, porque tal vez descubra que el elemento indispensable de esa felicidad no era el aserrín sino  el carpintero que estaba en lo oscuro. Esa duda la sostendré todavía.

Epílogo
El día del patio, el que me estaba enseñando carpintería, uso un montón de palabras que sin embargo no fueron tantas cuando dijo: “Nieto, hábleme bajo, usted hábleme bajo, yo escucho”.

 

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