Escritor, cineasta, actor, director, formador

Insignificante

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Por Sergio Mercurio

Doña Petrona y mi madre se enteraron el mismo día que estaban embarazadas.  Se lo dijeron a la vez y sonrieron en el “yo también”.  Petrona estaba casada con Don Burgos, carpintero de día, buen hombre de día. Mi madre era la hija de un carpintero manso, siempre.  Ambas habitaban una casa al borde de la zanja, en esa parte de un barrio donde la pobreza no se sabe si está entrando o saliendo. Ambas ya tenían un hijo. Coincidencias. Después de luchar con el motor y sacarle la carcasa de lata, la grasa erupcionaba denunciando el esfuerzo de la máquina para buscar el agua, entonces balde en mano, mi madre cruzaba a aprovechar la sisterna de Doña Petrona. El potrero de entrada de su casa era el garage donde mi padre guardaba el Chevrolet. Doña Petrona tenía cosas que a nosotros nos faltaban. Pero en nuestra casa empezaba a sobrar algo.  Cuando estaba por nacer mi hermano, mi madre dedujo el periplo que significaría llevarme al jardín allá lejos y los del jardín propusieron que, si un chico más venía, ellos iban a venir al barro a buscarnos. Lo que nos sobraba, sirvió para para que una camioneta pruebe la tracción de sus ruedas y para que Jorgito fuera al jardín conmigo. Con Jorgito nos parecíamos, no teníamos nada para decir.  A los dos nos gustaban 3 cosas, jugar solos, mirar el sol reflejado en la zanja y no decir nada. Entre su casa y la mía había un detalle insignificante: tierra y zanja.   La casa de él era de madera, la mía era de cemento, pero eran iguales, la de él daba al pasto, la mía daba al patio de mejorado.  Diferencias insignificantes.  Por eso sentados, comíamos tortas fritas, mientras mi madre y la suya se acariciaban la barriga que iba a explotar o desinflarse. Cuando mi mamá rompió bolsa, Doña Petrona venía con dos baldes de agua para auxiliarla. Es inútil tratar de suponer si ese esfuerzo tuvo consecuencias en su embarazo. Mi hermano nació 8 días antes que Gabriela, la hermana de Jorgito. La diferencia entre Jorgito y Gabriela era muy parecida a la diferencia entre mi hermano y yo.  A ambos nos apareció en la familia un extraño. Alguien que veía el mundo de otro modo. Yo trataba cada día de ser más invisible y mi hermano aparecía por todos lados. Jorgito seguía aprendiendo la seriedad y Gabriela había nacido para reír.

Doña Petrona pasaría los años con Gabriela en brazos, Gabriela solo sabía reír, no iba a aprender nunca a sentarse o caminar, no iba a aprender nunca a tomar la comida con las manos y llevársela a la boca. Algo insignificante, un cromosoma de más. Para mí era común entrar a la casa de Jorgito y pararme serio, frente a la pequeña cama donde Gabriela estaba despatarrada mirando de costado el mundo y riendo.  Era común también que llegue la familia a mi casa con Doña Petrona cargando a Gabriela en sus brazos, todo lo que la reunión durara.  Doña Petrona buscaba en mi casa a mi hermano, a quien había apodado “el caballerito”.

La relación entre las familias fue constante hasta que los que nos sobraba alcanzó para dejar el barro para siempre.  Terminamos en una casa, que como la anterior, era de cemento, pero tenía techos de tejas y tenía vecinos a los que uno veía sin zanja y barro de por medio. El barrio nuevo trajo nuevas relaciones.  Era un barrio donde también los niños entrábamos a las casas siempre abiertas de los demás.  Uno que otro sábado de tarde, volvíamos al barro para visitar a los carpinteros.  Yo me paraba al lado de Jorge a no decir nada. Doña Petrona miraba al caballerito y sonreía.

Uno de los últimos cumpleaños que festejamos ese año en la nueva casa, fue el mi hermano.   Fue de esos donde los niños aún son tan chicos que los que se juntan son los amigos de los padres. Estábamos todos en la sala charlando animadamente con los amigos que reían como ríen los que les sobra, cuando el timbre tocó. Mi madre abrió la puerta y saludó a la amiga. La escena fue insignificante. Cuando Doña Petrona atravesó el umbral con Gabriela sonriente en brazos, nadie pensó en “La Pieta” de Miguel Ángel.  Yo estaba sentado quieto cuando vi que atrás del umbral, Jorgito estaba parado mirándose el ombligo.  Mientras el silencio apagó la fiesta Doña Petrona encontró un asiento para que Gabriela no se le desvanezca y poder entonces sí, tocar las mejillas del “Caballerito” y besarlo. Mi madre me chistó y yo me quedé parado frente a Jorgito hasta que entendió que podía pasar. Después me detuve frente a Doña Petrona y la niña.  Gabriela estaba igual de sonriente, pero llevaba un vestido blanco y en su hombro, un paño nuevo para secarle la baba. Esa vez fue la primera vez que recuerdo que pensé: ¿Por qué esta niña mira el mundo y se ríe?  ¿Por qué todos los que reían han dejado de reír? ¿Qué está viendo esta niña que nadie ve, qué siente?

Esa fue la última vez que Doña Petrona piso mi casa. Yo nunca me permití recordar esto tan insignificante. Solo ahora que lo insignificante nos ha aturdido, nos ha dejado encerrados con lo, y los que pudimos.

Este texto fue publicada en la revista Sudestada de Junio.

 

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