Escritor, cineasta, actor, director, formador

Un ruido de nadie

por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

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ilustración Osvaldo Krasmanski

Aquí nunca hay viento en medianoche. La escuela está subiendo media cuadra desde la plaza grande. Es el año 93 y estoy en el centro de mí mismo,  en el comienzo del sendero que me llevará a recordar América por 12 años. He hecho una presentación callejera en la plaza. Espero la noche para dormir. , Toco el timbre y, tal como me había anunciado la secretaria de Cultura, un casero me abre, un coya,. Es un hombre pequeño, escondido en sí mismo.. Levantó el bolso marinero, lo cargó en la espalda y estoy. Una escuela peronista, de esa época, primero un hall, que conecta con un patio al aire libre desde donde se puede acceder a las aulas. Doy unos pasos y está la luna. El casero, sumiso, me señala con el brazo el aula donde voy a dormir. Es al final de un pasillo y hay que atravesar el patio. Un sector plateado del piso, recorta y resalta la negrura. Diviso, en la penumbra la puerta de entrada a un  aula. Ahí voy a dormir, en Tilcara.

El peligro que empieza en la piel es el único verdadero.

Cuando camino al aula sucede. La piel registra ese escozor, ese algo veloz que  trepa rayo por mi espalda. Todo ya es tarde. Me erizo. Un microsegundo después el choque, el golpe, el grito, el dolor, la sangre. Un rayo rompe mi carne, apreto los ojos contra mi boca en un solo gesto: corto y agudo. Después se vence mi  pierna derecha, la rodilla se precipita y me desmorono. Eléctrico, mi instinto me hace tomarme la parte posterior del muslo y voltearme. Entonces lo veo. Satisfecho. Me calcula por última vez, yéndose. Sus ojos incendiados ríen. Poderoso, mentiroso, pone su cola entre las piernas y se va  donde el coya.  El miedo muta a furia. Algo en mí se enciende.  Me enervo, fui arañado a traición, la mordedura ahora late, sin pensar,desde el suelo, me saco una zapatilla que vuela y acierta su lomo. Es un disparo de agua. Hubiera querido una piedra. Al pararme descubro que rengueo. Tengo que matarlo. Me inclino dolorido mientras él se aleja suave y seguro, como quien no sabe, pero no me saca la vista. Ningún otro ser sabe en este instante lo que siento. Cada paso lo aleja lentamente en dirección del coya. Está satisfecho Salió como quería. Me vio entrar en su oscuridad,  se dio cuenta que no lo veía, vio la sombra de la luna en mí, esperó que me diese vuelta para estudiarme y, mientras yo caminaba de espaldas me siguió en silencio, y saltó a mi pierna, a la parte posterior del muslo, cerró los colmillos en trampa para osos, la velocidad le permitió hundirlos sobre el jean y rasgarlo, romper mi carne, morder con erre, hasta que el músculo se venza en sangre llevándome al piso. Me vio caer de rodillas en la puerta del aula y solo ahí, decidió soltarme sin forzar los dientes lateralmente. Solo ahí abrió la boca, entornó los ojos rojos y volvió a morder más fuerte. Ahí se fue en victoria.

Cuando me reviso el pantalón, mi dedo entra en el agujero y mi  mano se moja, ¿La baba del can o mi sangre?.Las dos juntas. Es inevitable pensar un por qué. Voy a párame, pero no puedo.  El dolor vendrá después  cuando la adrenalina baje. Algo está sucediendo y al parecer no tiene correlación con lo que había sucedido antes de entrar a la escuela. La plenitud está herida. Ahora puede descubrir la sinrazón definitiva. Voy a la guerra. Por qué uno grita cuando va hacia un enfrentamiento. Grito. Grito mientras rengueo hacia el perro, la bestia gruñe, se encorva y se agranda.  Somos dos seres que se conocen hace instantes pero han elegido la guerra. Su boca abierta deja caer una baba y veo los dientes que hasta hace un instante me tenían. Estamos enfrentados debajo de la luna. Calculo donde pegarle para matarlo, nunca he peleado contra un perro. Hoy empiezo.  Es grande, astuto, callejero, ha mordido a muchos, esta sucio, con su pelo marrón erizado. Soy lo contrario. ¿Con qué puedo pegarle? ¿Es posible matarlo a golpes? El sabe más que yo de esto ¿Con las piernas o con las manos? Soy una furia tonta que se abalanza cuando el coya  sale y grita seco “¡Diablo!”. El animal gira veloz, y se pierde en el hall oscuro. Al ver la reacción del casero  me enfurezco. ¡Maldito,! me mordió tu perro , lo voy a matar. De pronto va a pasar lo que no he imaginado. El casero habla. No es mío. Vuelve el silencio. Permanece el silencio, mientras me acerco. Lo tengo a una nariz y voy a increparle, pero es un alguien invisible. No tiene sentido. Vuelvo sobre mis pasos, entro a la sala y enciendo la luz. La sangre llega en hilo a mi zapatilla. No tengo nada para auxiliarme.  Miro mi carne cuatro veces abierta, la puedo cerrar apretándola. En el baño encuentro un pedazo ajado de jabón de lavar ropa. Me lavo. Finalmente estiro mi bolsa de dormir en la oscuridad de la puerta abierta. Ahora yo soy la oscuridad. Puedo ver en la penumbra. Ahora yo soy el. El  perro regresa, descansa en la mano del casero que lo acaricia y escucho en el silencio de la noche palabras en quechua . Finalmente la puerta de calle se abre y se cierra en un ruido ausente de Dios.

13 comentarios

  1. lo he leido en voz alta para mi solo, me gusta leer en voz alta. A momentos me parecia estar de frente a peleas epicas entre Heroes de la Iliada.
    gracias Sergio

  2. SERGIO. Me ha conmovido la fuerza de su relato. Tiene garra, dominio literario de excelencia, y merece una lectura masiva. Felicitaciones Carlos

  3. quiero deseaar el mejor éxito en tu nuevo emprendimiento. Sorprendiendo siempre gratamente con tus iniciativas.
    El Relato estuvo muy bueno, casi sentí el mordisco sobre mi pierna y el terror de un enfrentamiento con ese can agresivo y salvaje que estaba custodiando su territorio, tú eras el intruso, yo me sentí intruso en el relato pero a la vez, víctima del ataque. Narrativa excelente, un placer su lectura. gracias.

  4. Hermoso relato Sergio.
    No sé hablar quechua, pero recuerdo su dulzura en una calle de Humahuaca hace algunos años.
    Abrazo grande!!

  5. No tanto. Ya aprobé 4to. grado después de tres intentos. Ya me está saliendo la barba, por si fuera poco.

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