Escritor, cineasta, actor, director, formador

La Imposición

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Por Sergio Mercurio

Se lo impuso.

Habría que poder visitar ese lugar dónde ella estaba, ese instante, las coordenadas lunares, el modo del aire, la sensación de su piel, ese hastío.

Había pasado 3 años encerrada, sus salidas se limitaban al parque, para que sus hijos: que aun no tenían el acceso a las letras; adonde ella cotidianamente iba, pudieran no solo calcular el cielo sino tenerlo.

Cuando recuerda le parece que fue un día cualquiera, y es así, son los días cualquiera los que tienen el derecho a transformarse en los importantes.

Si se mira detenidamente y con el tiempo como testigo, es posible no imaginar alternativas, ¿qué puede una hacer cuando todo se va acabando?, ¿qué se puede hacer además de esperar el turno?

Cuando una se va escondiendo de la muerte que viene y nunca falla es muy dificil cualquier otra cosa. Eso lo sabía. Era salir a la calle y antes de los 200 metros ver la sangre negra de los asesinados.¿Ese pegajozo enguento, cómo podría haber sido río una vez?

El día que se lo impuso, estaba lúcida, y tenía todos los recuerdos, la forma en como el tío fue traicionado, de como resistió a la balacera del ejercito, de como lo colgaron y lo dejaron que se fuera en sangre para el terror de los que lo vieran. El día ese, ni siquiera estaba cansada de lo que había hecho, eso de siempre ocultarlo todo, de mentir para salvar a su padre, por ejemplo. El día ese, el que se lo impuso, como siempre la rodeaban los orejas, esos seres inexplicables. Se había cansado o tal vez el sol. Incluso puede que haya sido el sol no tan alto. El día que se lo impuso, fue como siempre un reguero de sangre. La muerte es mucho más fuerte cuando sin azar mata. Pero quién podría haber cuestionado algo cuando desde la inmemoria la muerte se cobija en Guatemala.
Cuando se lo autoimpuso, ¿había alternativa? Lo que se autoimpuso no estaba en el pronóstico de nadie. Quiero ser claro, esto no tiene nada que ver con soluciones y mucho menos con esperanza.
Pati, giró su tez clara hacía un volcán apagado por el smog del centro, se detuvo en una plaza que aun conservaba el alambre de púa para que el ganado no entrara y sin más que un respiro se lo dijo.

Al escucharlo, cuesta imaginar que se lo impuso. ¿Qué puede uno imponerse cuando esta escondido, o cuando está huyendo? Ante la circunstancia de estar cercada por la muerte, de verla venir, irse y volver como en su casa, solo espera un milagro. Que algo más poderoso se haga presente y actúe. Cuesta imaginar que alguien pueda inventar algo. Los antiguos en ese momento final pedían confesión y mientras morían decían sus últimas palabras. Pati sabía. A esta altura solo queda la palabra. Le salieron seis palabras que en ese momento fueron la salida. El milagro. Sin embargo no eran más que seis palabras, ordenadas de un modo que no cuesta imaginarlas como imposición. Uno puede imaginar que en esa circunstancia cualquier una se resigna y listo. La resignación, esa renuncia, puede ser la única salida posible en le mecánica invisible de generar ausencias, eso es renunciar, dejarse y morir. Pero no dijo, me entrego, me muero, adiós, lo siento mucho, no fue eso lo que dijo. No dijo, me entrego, soy yo misma, la hija de, la sobrina de, la nieta de. Lo que dijo le apareció en la boca, entreabrió los labios y una palabra fue sucediendo a la otra, al pronunciarlas tuvo tiempo misma escucharlas como si otra las dijera. Algunas afirman

que el gran cambio que mueve el destino de alguien es cuando por fin finalmente se escucha. Pero al escucharse ni siquiera le pareció importante lo que dijo, simplemente le pareció que solo le quedaban esas palabras ordenadas de esa manera y las dijo. Esas palabras la llevarían a otros lados, todos, a dejar de esconderse, dejar de mentir, dejar de olvidar, dejar de sentir, dejar de escapar. Cuando se lo dijo, la actitud de su padre eligiendo volcanes, casi sin quejas, se le hizo presente. Al decirse la frase, se dio cuenta que podía probar decirla en un volumen audible para cualquier posible oreja. Esto no lo cuenta, pero cuando pronunció : No se puede vivir con miedo, el sonido se hizo mensaje y fue algo más allá de ella lo que agradeció ese verso. Una vez dicho eso pudo haber agregado que el miedo esto, que el miedo lo otro y todo una cantidad de razones valederas, pero no necesito ni una sola palabra más que aquellas seis que hoy siente que se autoimpuso una tarde del 86, cuando a quien le que tocaba morir era ella y se pronunció que ya no podía más vivir con miedo.

Una tarde, 20 años después, sentados a una mesa me contó esta historia. Fue relatando cariñosamente la historia de una guerra, de infinitas pérdidas, todas trágicas, violentas, inconcebibles, estar frente a ella sin sentirse acongojado era un esfuerzo que mantuve hasta que me dijo esa frase. Cuando ella dijo “No se puede vivir con miedo” sentí que me estaba interpelando, por un instante me olvidé de ella y su historia. La frase vino a mí y me sacudió entero. Una serie de miedos antiguos fueron cercados en mi estómago, mis intestinos se abrieron como pensando advirtiendo la salida de todos los lugares sin salida. Al terminar de escucharla nos fuimos riéndo de otras cosas pero yo desde ese día no pude ser nunca más el mismo.

Quince años después es hoy, cuando me cuenta que esa frase se la había autoimpuesto. Hace más de un año que el mundo está encerrado por lo invisible. A mí alrededor voy viendo como algunos seres amados han sido tocados por lo invisible y han perdido lo que amaban: en ese designio van relatándose diariamente una historia de miedo. Esta situación me pone perplejo, pero sospecho que no puedo hacer nada más que dejarlos transcurrir y tal vez de vez en cuando contarles algo, hasta que de algún modo se encuentren con aquello que, una tarde después de haber perdido todo, encontró Pati.


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