Escritor, cineasta, actor, director, formador

Las pelotudeces más grandes que hice en mi vida-3

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Cora sin zón

Mi abuela era desconfiada con todo, demoré mucho tiempo en darme cuenta que cuando advirtió que Cora no era un nombre, sino algo de lo que alejarse por precaución, me estaba cuidando. Una vez, delante de ella, le dijo que nunca había escuchado que alguien se llamara Higa o Instes a lo que mi amiga no respondió por respeto a los mayores. Aquí voy a compartir solo una de las miles de consecuencias que ha tenido no hacerle caso a mi abuela y acceder a las pelotudeces que me ha hecho hacer Cora Gamarnik. En este relato ya somos amigos y tenemos 18 años. Mas de uno sospecha que eso es mentira porque en el milenio pasado no existían dos cosas: los celulares y la amistad entre el hombre y la mujer.

Cora me llama y me dice que tiene dos buenas noticias: la primera es que le dieron el registro y la segunda es que el hermano le presta el coche. No aclara que en realidad no es un coche, tiene algo así como un Citróen. Si aclara que podemos llegar a Sierra de la Ventana y acampar en su carpa y aprovechar la Semana Santa. Me dice que consiga un paquete de polenta y una lata de arvejas. Nunca voy a reconocer la importancia de esa combinación. Me dice que puedo invitar a un amigo ya que ella lleva una, lo llamo entonces a Hernan Herrera quien me pregunta si el también debe llevar una lata de arvejas y yo le digo que sí. Nos encontramos la mañana siguiente en la puerta de la casa de mi amiga de nombre raro con una mochilita pequeña y una bolsa de dormir. Rapidamente subimos al coche que arranca rumbo a lo desconocido asi como Luke Skylwaker lo hace con su nave ignorando lo cerca que se encuentra el lado oscuro.


A 8 cuadras de la partida, antes de llegar a la calle Santa Fe, el coche toca dos veces el cordón de la vereda, se desplaza al lado contrario de la calle de modo que dos automovilistas gritan cosas totalmente permitidas en ese tiempo y que hacían referencia a que la conducción de automóviles está limitada a un género. La nave que no sigue necesariamente las reglas de su tiempo tiene una conductora y una copilota que ya era un emblema de la lucha de géneros por lo que saca una parte del cuerpo por la ventana para gritar cosas que cualquiera podía gritar en ese tiempo y que hoy no son permitidas ya que los diferentes formas en que se presentan las capacidades diferentes en ese tiempo era una forma de la agresión.


Viendo que llegando a Camino Negro la posibilidad de que el jueves no sea santo Hernán y quien suscribe tienen un acceso de risa nerviosa producto del avecinamiento de la muerte. La copilota con apellido de mayonesa inspira la música que sera un hit a posteriori al batirnos en la cara e increparnos . Cuando Hernán Herrera dice » Que brava la copilota» volvemos a reir, por lo que Cora advierte que nuestra risa la hace ponerse nerviosa y puede perder el control de la máquina, a lo que Hernán retruca menos mal que hasta ahora venía todo controlado. Esto último produce otro ataqué de risa, que es ahora recibido en la parte delantera de ese pedazo de lata ruidosa llamada coche como una afrenta y es por eso que el grupo se divide en dos antes de haber llegado a camino negro. Esa división instantánea podría ser producto de nuestra simpatia con la izquierda política. Por lo bajo, en la parte trasera del mamarracho Hernán me pregunta si el carnet de conducir se puede comprar. Yo sugiero que no desestime el robo y la risa hace subir la tensión en el auto rana que ya va mordiendo la banquina de la ruta. Los siguientes kilómetros, son un sortilegio. Solo dos días después sabremos que esas mordidas de banquina iban mansillando las virtudes de las cubiertas.


Viajar sin mapa, hace 35 años, era un problema de modo que cambiamos por primera vez el rumbo a las 2 o 3 horas no si antes abrir la lata de arvejas acompañado con la siempre refinada agua de canilla de estación de servicio. Aquella que suele dejar una aureola marrón oscura en el piso frutó de la convivencia feliz de los microorganismos. No sabemos si por los efectos de la arveja, la ruta se achicó, y una hora después, se inició una trifulca a golpes de puño con la intención de ocupar el centro del asiento trasero habida cuenta de lo cerca de la ventanilla que pasaban los camiones que venían en dirección contraria y lo cerca de la otra ventanilla que estaban puestos los carteles verdes de la ruta.


Mientras peleábamos por nuestra vida, un camión rompió el espejo retrovisor del Citróen, después de encender las luces varias veces, lo que demostraba que no sabía que era pleno luz del día. El pequeño acontecimiento generó risa en la parte delantera del vehículo mientras que la trasera también rió porque una pequeña porción de los sapiens que son amenazados por la muerte a veces ríen. Por suerte Cora reaccionó: sabría yo años después que ciertos acontecimientos que ponen en peligro su vida y que no puede manejar le dan hambre. Mientras comíamos la polenta Hernán Herrera calculó la posibilidad de escapar corriendo, cosa que me dijo al oído y que me pareció cosa poco caballeresca de su parte. Importa citar que “Ser caballeresco” era algo muy de moda 35 años atrás. Para alegrarnos la jornada, mejorar la relación, la copiloto tenía algo guardado: sacó dos bananas, que peló y compartimos así como se compartió el postre de la última cena.
No puedo relatar con tanto detalle una de las cosas más emblemáticas que hice en mi vida, así que voy hacia adelante. Nos Perdimos. Horas más tarde y bajo el efecto de la sorna, apodé a Cora Gamarnik ​con el apodo de “Norte”. De ahí en adelante los que marcaron el rumbo fueron los carteles verdes de la ruta hasta que llegamos a una Laguna. Ya en Lobos fuimos considerados malas companías por reírnos de todo o por soltar gases. Una o las dos razones nos obligó a buscar cobijo y dormir fuera de la carpa. La lluvia nos llevó a encontrar un grupo de reidores que nos ofrecieron un excelente banco de quincho donde descansamos y soñamos con camiones asesinos

Al otro día el grupo esta totalmente dividido. Los del banco de atrás, tratábamos de escribir nuestro testamento mientras el banco delantero seguía subiendo la apuesta con destinos más inciertos. Como finalmente hubo una mesa de negociación y decidimos continuar juntos rumbo a un tercer destino ya que Sierra de la Ventana parecía inaccesible. La negociación ofreció un sábado Santo. La relación se apaciguó bastante en busca de un lugar sosegado cercano a nuestras casas. Allí Norte nombró Chascomús y se dio vuelta para reiterarlo, en ese gesto eso que llamábamos coche se desgobernó inclinándose violentamente hacia el costado y bamboleando fue dejando atrás la ruta no sin antes chocar con objetos que no se mostraron vivos.

Habíamos pinchado una rueda.

Los de atrás podríamos no haber reído, pero 35 años atrás no se puede esperar nada de quienes se sientan atrás en cualquier lugar. La tregua fue detonada por un tornillo. El grupo volvió a desunirse. El matriarcado vencía en una batalla aislada pero que iba a tener repercusiones hasta hoy en día, Mayonesa giró y dijo una frase que aun resuena en nuestras mentes, «ustedes dos, manga de pelotudos, en vez de reírse ayuden a cambiar la rueda». Mientras reíamos le sugerimos a Cora que frenara el coche, habida cuenta que era mucho más facil cambiar una rueda si el coche se detenía. Yo conminó a los presentes a traer a sus mentes el olor de una goma quemándose, y el humo que penetra en un en ese algo carente de hermeticismo. En un momento vi claramente los ojos ardidos de Hernán Herrera que se ahogaba como yo por los efectos de andar a 30 kilómetros por hoa con una goma pinchada. Los invitó a criticar si esta mal en esas circunstancias reírse. La copilota que nos aventajaba a todos en inteligencia observó que, a no menos de 500 metros, había una gomería. El milagro de la Semana Santa se había pronunciado.

El tipo que atendía la gomería se sintió identificado con nuestro aspecto roñoso y me sonrió feliz invitándome a que vaya sacando la goma de auxilio. Fue allí que Cora decidió comer la otra lata de arvejas y fue cuando metió la cuchara en la lata cuándo la épica se hace presente. No había. No voy a culpar a nadie. No había goma de auxilio. Simplemente no había y a los 500 metros finales había destruido totalmente la goma pinchada y el tipo no podía arreglarla. Había que comprar una recapada.

Allí terminó la santidad de la semana. No hubo bolsillo que haga milagros y no hubo multiplicación de billetes por lo que tuvimos que dejar el auto allí y volvernos en micro.

Como no teníamos la menor idea de dónde estábamos Hernán fue en busca de un cartel que iba a multiplicar la risa. Sabés dónde estamos- me dijo. El cartel está medio despintado y no sé si llama Garchis o Garchas o Gorchis, en ese instante nos doblamos de la risa. Cora que había sobrevivido a su intento de suicidio no estaba tan enojada como su amiga que parecía una mayonesa pasada, entonces se acercó a nosotros, allí Hernán tuvo la ocurrencia de hacer un juego de palabras con el nombre del lugar. La última risa separó para siempre el retorno. Cuando llegó el ómnibus Cora y su amiga eligieron unos asientos cercanos al conductor. Con Hernán Herrera fuimos atrás a reírnos de estar vivos mientras nos miraban de reojo. Dormitamos toda la vuelta pero el solo hecho de volver a verlas nos hizo lanzar la carcajada a lo que ellas nos replicaron “ nos pueden decir de que se ríen pedazos de pelotudos». Ese día no supimos que responder, sin embargo el tiempo me ha enseñado que si hay algo que persigue al pelotudo es eso: vaya a donde vaya termina riéndose.

Se agradece compartir

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Scroll Up