Escritor, cineasta, actor, director, formador

EL MONSTRUO AFRiCANO

por Sergio Mercurio

por Sergio Mercurio

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Que en 1988 tengas 20 años y que te digan que hay alguien durmiendo en tu cuarto a priori no es grave, sobre todo teniendo en cuenta que el 50% de las posibilidades es que sea una muchacha. Si uno mira al interlocutor con cara de nada, obliga a que se agregue información. Cuando te dicen “el que duerme en tu cuarto es un amigo”, uno se alegra porque el dueño de casa a nombrado “tu cuarto” a un cuarto de “su” casa y por lo tanto uno debe ser más amigo que el amigo que ahora está durmiendo en nuestro cuarto. Cuando te agregan que el que está en la cama es un colombiano que estaba muy deprimido desde que la mujer lo dejó, eso suma dramatismo sin que uno se sienta intimidado por nada. Incluso ayuda a la empatía, a la conmiseración y a ponerse del lado de la víctima. Cuando agregan que fruto de esa ruptura amorosa el tipo decidió tomar whisky, independientemente de los gustos alcohólicos, uno siente algo que no es grave y comienza a caminar hacia el cuarto en paz . La película comienza cuando la mano del verdadero dueño del cuarto se posa en nuestro hombro y agrega que no fue un solo whiski. El número seis no es un número feo. Es un número intrascendente hasta que te explican que el colombiano se tomó 6 whiskis. El número seis no guarda señales místicos, pero para cualquiera seis es mucho. Esto se incrementa si tal número se refiere no a vasos si no a botellas. Es recién ahí que uno puede empezar a considerar la información de otra manera y se detiene. La película esta andando cuando agrega que el amigo no podía dormir y tuvo un shock y decidió llamarlo. Resulta que el dueño de casa, y del cuarto, es también médico y al escuchar que el amigo está despierto hace 200 horas decide subirse al Lada e ir a lo de un veterinario amigo que entendiendo la gravedad de lo sucedido le da en la bolsita de nylon de color verde una cajita con un inyectable que posee un nombre farmacéutico complejo pero que puede sintetizarse como un tranquilizante para hipopótamos. Escuchar esta información en el umbral del cuarto acaba de convertir a un colombiano en un hipopótamo. Aquí es donde es determinante estar en África porque, desde el paralelo 43 hasta la cordillera, un hipopótamo no deja de ser una chanchito de agua, un porcino marrón, un ser pegajoso y fofo, de tal vez 200 kilos, que se limita a hacer la plancha, escupir agua y de vez en cuando abrir la boca para mostrar que las muelas no tienen que estar necesariamente una detrás de la otra y pueden perfectamente dejar espacio de encía libre. Aquí empieza África, pero no me refiero al continente todo, no es necesario por ejemplo conocer Sudáfrica, Mauritania o El Congo, no es necesario conocer el Sahara, o Guinea Conakri. Si vivís en Tanzania sabés, que si las circunstancias te han detenido a cuatro metros de un hipopótamo, solito y sin ayuda posible, date por comido. Es decir, el hipopótamo puede ser un bichito muy lindo en un programa de dibujos animados, pero en la realidad es un una bestia asesina, es un caballo brusco que se comió un elefante se ha metamorfoseado y le cayó tan pero tan bien la carne que ha decidido comerse a todo lo que se le cruce. Cuando uno tiene un primo que murió en las mandíbulas de esa bestia, cuando sabe que no hay que molestarlo si se baña, uno sabe que todo lo que convoca el porco es peligro. Si uno conoce esto y te explican que existe alguien que solo se ha podido dormir porque le dieron una inyección para hipopótamos, supone la pregunta ¿Y cuándo se le pase el efecto? Es decir cuando despierte nuevamente ¿será que no actuará como un hipopótamo y me despedazará de un mordisco?

Con esta pregunta ingresé en la oscuridad del cuarto y me acosté. Vestido. El dueño de la casa se alejó donde dormía y creí escuchar que llaveó la puerta. Me acababa de entregar a la fiera. Me quedé inmóvil cuando todo tembló. Ahora estaba en una gruta. Una cueva donde un oso gruñía. La distancia entre la cama del Hipopótamo-Oso era mínima. Si me dormía en medio de la noche podría comerme. Debía olvidar todo y dormir. No era una bestia gigante roncadora, era apenas un colombiano triste. Cerré los ojos mirando la oscuridad del techo cuando sentí su cama pidiendo auxilio. La respiración ruidosa traía un vaho con etiqueta del wiski. Le di la espalda y trate de dormir. Imposible. Por la espina dorsal me corrió una chispa eléctrica. Giré y con un ojo semicerrado lo escrudiñé. De pronto paró de roncar. Si me tranquilizaba podría dormirme. Pero no tenía sueño. En la penumbra vi el tamaño que tenía, realmente era un hipopótamo, no era un colombiano triste. Era una amenaza. Pasaron 5 minutos, o dos años y no había manera de que el sueño me llegue, no había manera de sentirme tranquilo. Pensé en formas de defenderme. Allí fue cuando se sentó. EL movimiento partió una madera de la cama. Ayudame. La voz de alguien que se hace el dormido salió de mi voz. Iba a tener que enfrentarlo. Ahora iba a morir. Lentamente me paré y fui hacia él.

10 comentarios

  1. y a mi que me caian tan bien en el zoologico, para mi eran uno de los animalitos mas tranquilos…como todo depende de lo que uno sabe, el miedo que le asignamos a cada cosa

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